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Poder Legislativo: Centro del reparto constitucional del poder en la democracia argentina

 01/12/2025   487
Poder Legislativo: Centro del reparto constitucional del poder en la democracia argentina

La Constitución argentina consagra tres poderes para la formación y funcionamiento del Estado, donde el Poder Legislativo es quien ostenta el rol central en el reparto del poder constitucional, ejecutando sus funciones no sólo como órgano creador de normas, sino como pilar institucional que equilibra y limita los otros poderes. 

Los tres poderes (Legislativo, Ejecutivo y Judicial) mantienen entre sí un dinamismo y una serie de relaciones funcionales que hacen a la lógica republicana y es el poder Legislativo el que garantiza la vida democrática del país. Sin Congreso no hay democracia. Es el primero de los poderes que enumera y describe la Constitución Nacional. 

El Congreso, compuesto por Diputados y Senadores, representa tanto al pueblo como a las provincias (artículos 1 y 66 de la Constitución Nacional) y asume el liderazgo en el diseño normativo del país. 

Desde la reforma constitucional de 1994, se reforzó la ampliación de las facultades del Congreso, incluyendo la sistematización del control sobre los DNU y la ratificación de nombramientos judiciales mediante mayoría especial (artículos 75 y 99 incisos 3 y 4). 

El Congreso dispone de mecanismos claros para controlar los decretos presidenciales, como la Comisión Bicameral Permanente y la obligación del Jefe de Gabinete de informar mensualmente en el Congreso intercalando las visitas a Diputados y a Senadores. 

Estas herramientas legalmente establecidas, refuerzan su rol como contrapeso frente a acciones ejecutivas unilaterales.


Según el artículo 29, para el Congreso está expresamente prohibido conceder al Ejecutivo facultades legislativas extraordinarias o la “suma del poder público”. Si es el que concede, es porque ejerce supremacía del parlamento sobre el Ejecutivo. 

Reparto de roles entre poderes: equilibrio institucional 


El Congreso funciona como vértice del sistema de controles y equilibrios, sirviendo como celador del Ejecutivo por medio de juicios políticos, pedidos de informes, aprobación y rechazo del presupuesto, mientras que refuerza el federalismo mediante la participación provincial. 

La división de poderes funciona adecuadamente sólo si cada órgano resguarda su propia esfera y las obligaciones constitucionales conferidas: el Congreso representa la voluntad popular, el Ejecutivo la administra y el Judicial vela por la legalidad. 

El Poder Legislativo argentino es el centro del régimen constitucional que distribuye y limita el poder político. 

La división de funciones con el Ejecutivo y el Judicial, junto con mecanismos constitucionales robustos, hacen del Congreso la autoridad legítima y soberana en la creación de leyes, la fiscalización del gobierno y la defensa del federalismo y de la democracia. 

Su supremacía política y constitucional se manifiesta en la práctica: frena abusos ejecutivos, ratifica nombramientos institucionales y canaliza el reclamo provincial, consolidando un sistema democrático viable y equilibrado. 

Es tal que es el único poder del Estado que tiene la facultad de declarar la necesidad de reforma de la Carta Magna, como versa en el artículo 30 de la Constitución nacional: “La Constitución puede reformarse en el todo o en cualquiera de sus partes. 

La necesidad de reforma debe ser declarada por el Congreso con el voto de dos terceras partes, al menos, de sus miembros; pero no se efectuará sino por una Convención convocada al efecto”. 

Vale destacar la existencia de un órgano de la Constitución que depende del Poder Legislativo y que es de vital importancia para el control del ejercicio y de la administración del Ejecutivo, que es la Auditoría General de la Nación. 

El artículo 85 de la Carta Magna describe las funciones y es categórico en cuanto a quien es el responsable del control en el sector público: “El control externo del sector público nacional en sus aspectos patrimoniales, económicos, financieros y operativos, será una atribución propia del Poder Legislativo. 


El examen y la opinión del Poder Legislativo sobre el desempeño y situación general de la administración pública estarán sustentados en los dictámenes de la Auditoría General de la Nación”. 

Otro de los órganos que dependen del Legislativo es el Defensor del Pueblo, instituido en el artículo 86, que tiene por misión “la defensa y protección de los derechos humanos y demás derechos, garantías e intereses tutelados en esta Constitución y las leyes, ante hechos, actos u omisiones de la Administración; y el control del ejercicio de las funciones administrativas públicas” La reforma del 94 le otorga al Congreso dos facultades fundamentales para el ejercicio democrático: el control y la auditoría del ejecutivo y la protección y tutela de los derechos humanos. Ambas son un freno a los excesos que pueda cometer el Ejecutivo en el ejercicio de sus funciones. 

Aunque la Argentina se enrole en un sistema presidencialista, no quedan dudas de que el más importante de los poderes del Estado es el Legislativo por ser el que representa tanto al pueblo como a las provincias y porque es el garante de la democracia. 

Desde 1955 en adelante, las dictaduras argentinas gobernaron a espaldas del pueblo, es por ello que se ocuparon de acallar los dos canales de representación y expresión más genuinos que existen en la sociedad: las organizaciones de representación obrera y el Congreso nacional. El único de los poderes que fue disuelto durante todas las dictaduras argentinas fue el Legislativo y de esa manera quisieron acallar la representación del pueblo. 

El Poder Legislativo es preponderante por sobre los demás poderes del Estado y, por ello, el único que se cierra cuando nace un poder dictatorial. Los gobiernos autoritarios centran sus fuerzas en críticas y difamaciones al Congreso para restar su importancia y su mandato constitucional de contralor. Hay ataques directos de medios de comunicación y militantes tratando de desprestigiar a los legisladores y a los empleados de las cámaras. 

Hace poco tiempo, y por una medida legislativa contraria al Ejecutivo, los militantes del partido gobernante pedían que envíen los tanques y aviones para bombardear el palacio legislativo. 

El Congreso nacional es la memoria de la Argentina, una memoria patrimonial que conserva los valores democráticos y republicanos. Ese patrimonio no es sólo material sino que es también inmaterial. Como dice Mónica Lacarrieu, el patrimonio lo constituyen muchas identidades y contribuye a reconocer a los olvidados, sin dejar de pensar que no existe el patrimonio si no hay un trabajo de encuadramiento de memorias (no es una sola memoria, sino que son memorias sociales en general). 

Ese patrimonio inmaterial y no tangible es el que construye a diario cada empleado del Congreso desde las funciones que se realizan cotidianamente. El trabajo parlamentario y el administrativo, el mantenimiento edilicio, la restauración del mobiliario, la limpieza, la seguridad, las actividades culturales, las relaciones con la comunidad y todas las acciones se llevan adelante desde el Poder Legislativo las realizan empleados altamente capacitados. No son los legisladores y los funcionarios los que transmiten este bagaje cultural. Si se decidiera cambiar la totalidad de la planta del Congreso quedaría herida de muerte la cultura institucional. La importancia de los empleados es superlativa. 


Desde este espacio de reflexión político y sindical se reivindica la labor legislativa y el trabajo cotidiano que llevan adelante los compañeros y compañeras que cotidianamente desempeñan una función primordial para la salud democrática del país. Trabajadoras y trabajadores que deben soportar desde hace décadas la infamia perpetrada desde medios de comunicación en donde se los trata de holgazanes y poco afectos al trabajo. A eso hay que sumar ahora los ataques permanentes del presidente de la Nación y muchos de sus funcionarios que se dirigen al Congreso como cueva de ratas y caterva de ñoquis. ¡Gran mentira! 

El espíritu del Congreso no está ni en los mármoles de las escaleras, ni en las maderas de las bancas, ni en el terciopelo de los cortinados, el espíritu del Congreso de la Nación radica, vive, perdura y trasciende en cada uno de los empleados legislativos sin importar la función que cumpla. Ese es el más grande capital que tiene el Congreso y debe ser cuidado por toda la ciudadanía argentina



Facundo Logarzo*
* Licenciado en Comunicación Social en la (UNLP), Diplomado Universitario en Gestión Legislstiva (UNC), Secretario de Acción Política Delegación UPCN Congreso de la Nación.

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