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El control en el transporte automotor y ferroviario: entre la emergencia y la persistencia de los dilemas

 01/12/2025   275
El control en el transporte automotor y ferroviario: entre la emergencia y la persistencia de los dilemas

La discusión sobre la importancia y la eficacia de los organismos de control en general y en el sector transporte de pasajeros automotor y ferroviario en particular, no es nueva. 

A comienzos de la década de 2010, el debate estaba atravesado por la percepción de corrupción e ineficiencia del gobierno que se desparramaba hacia esos organismos, en un contexto que tuvo como punto de inflexión la “tragedia” de Once en febrero de 2012, la que no sólo expuso de manera brutal las falencias del sistema de control, sino que también obligó a la sociedad y al Estado a reconocer la tríada de insuficiencia de fiscalización - desvío de subsidios - complicidades políticas y el deterioro de la seguridad de millones de usuarios. 

Sin embargo y desde una perspectiva más amplia, el verdadero desencadenante de ese colapso puede ubicarse en la crisis de 2001 y en la política de subsidios al transporte que, desde entonces, reestructuró de forma perversa las relaciones entre Estado y empresas prestatarias. La declaración de la emergencia del sector —formalizada en el Decreto 652/2002, aún vigente en algunos de sus tramos— consolidó un esquema donde los subsidios reemplazaron gradualmente la tarifa como fuente principal de financiamiento, generando tensiones entre sostenibilidad fiscal, calidad del servicio, capacidad de control. 

1. Los orígenes: la reforma del Estado y el diseño de los organismos de control (1989–2001)

La institucionalidad de los organismos de control se inscribe en una historia más larga. Durante la reforma del Estado de los años noventa, bajo la presidencia de Carlos Menem, con Roberto Dromi como ministro de Obras y Servicios Públicos y Domingo Cavallo como ministro de Economía, se diseñaron nuevas agencias de regulación y control. 

En ese contexto, bajo la impronta de ambos ministros, se buscó acompañar la transferencia de servicios públicos a operadores privados con la creación de entes de control que garantizaran la supervisión estatal. Surgieron así agencias específicas para transporte, energía y comunicaciones, concebidas como brazos técnicos y con un diseño que, en teoría, debía asegurar independencia frente a los regulados. Sin embargo, con el paso del tiempo, esa independencia quedó en entredicho frente a dinámicas políticas y económicas cambiantes. 

En el sector transporte, la Comisión Nacional de Regulación del Transporte (CNRT) constituye un caso paradigmático. Creada en 1996, mediante el Decreto 1388/1996 como un organismo descentralizado en la órbita de la Secretaría de Obras Públicas y Transporte del Ministerio de Economía y Obras y Servicios Públicos, como resultado de la reconversión de: la Comisión Nacional de Transporte Automotor (CoNTA), la Comisión Nacional de Transporte Ferroviario (CNTF) y por la absorción de la Unidad de Coordinación del Programa de Reestructuración Ferroviaria, organismos que habían concentrado funciones de supervisión durante las primeras etapas de privatización. La CNRT fue concebida como un organismo de control integral, con competencias tanto en el ámbito automotor como ferroviario. Su nacimiento respondía al imperativo de dotar al Estado de una herramienta unificada para supervisar concesiones, fiscalizar operadores y garantizar estándares de seguridad y calidad en los servicios, en un contexto en donde la capacidad técnica y la independencia del regulador resultaban esenciales. 

La CNRT adquirió especial relevancia en el AMBA, habida cuenta de que allí es donde se concentra la mayor parte de la demanda (y de la oferta) de transporte público de pasajeros del país y donde los problemas de financiamiento, subsidios y control se vuelven más complejos. En ese territorio, el organismo enfrentó —y enfrenta— el desafío de equilibrar las necesidades de millones de usuarios con la presión de empresas prestatarias y con las tensiones recurrentes entre el gobierno nacional y las jurisdicciones locales: provinciales, municipales y la de Ciudad Autónoma de Buenos Aires. La persistencia de déficits de control, irregularidades en las concesiones y dificultades para articular con organismos metropolitanos muestra la magnitud del problema. 

2. La crisis de 2001: emergencia y subsidios como norma 

El colapso desestructurante de 2001 alteró drásticamente las bases económicas, sociales y políticas de la Nación, afectando el aparato estatal mismo. El Decreto 2075/2002 para ferrocarriles y el Decreto 2407/2002 para el autotransporte interjurisdiccional instalaron un régimen de emergencia que, con el paso del tiempo, dejó de ser transitorio. El congelamiento tarifario y la creación de subsidios masivos desde 2002, transformaron la lógica de los organismos de control. En el AMBA, por su escala y complejidad interjurisdiccional, esa dinámica se intensificó: la CNRT pasó a administrar subsidios y monitorear servicios en un contexto de creciente opacidad y fragmentación institucional. 

3. La crítica que no alcanzó (2010) 

Hacia 2010, en el apogeo -discursivo- del modelo de intervención estatal y subsidios generalizados, la voz de organismos de control como la Auditoría General de la Nación (AGN) y numerosas organizaciones de la sociedad civil funcionó como un sistema de alarma temprana que, sin embargo, nunca fue conectado. Sus informes no se limitaban a señalar fallas operativas, diagnosticaban una patología sistémica mucho más profunda: la captura regulatoria del sistema, donde el entramado de intereses entre la política y los concesionarios había neutralizado los mecanismos de sanción. Se documentaba así un círculo vicioso: los subsidios estatales, de dudosa trazabilidad y sin condicionalidades basadas en métricas de servicio, financiaban la ineficiencia y creaban una dependencia mutua que perpetuaba el status quo. 

El Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) se erigía como el ejemplo paradigmático de esa fragmentación institucional disfuncional. La superposición de jurisdicciones (Nación, Provincia, Ciudad Autónoma de Buenos Aires y 40 municipios) actuaba como un "laboratorio del caos regulatorio", en un esquema de responsabilidades difusas, donde cada nivel de gobierno atribuía la competencia a otro. 

Esa arquitectura institucional fracturada no fue ni es contingente, por el contrario, se consolida como un diseño estructural que institucionaliza la dilución de la obligación de rendir cuentas y facilita sistémicamente la evasión de responsabilidades ante cada deficiencia. La falta de una autoridad de coordinación metropolitana con poder real mantiene vigente ese circuito de irresponsabilidad organizada. 

La AGN, en ese escenario, carecía de poder coercitivo, su función se limitaba a la emisión de informes que, aunque técnicamente robustos, quedaban sepultados en la arena de la conveniencia política. 

4. 2012: la Tragedia de Once como punto de quiebre 

El 22 de febrero de 2012, la tragedia ferroviaria de Once marcó un antes y un después. Más allá de las responsabilidades penales, el accidente expuso la relación entre deterioro material, subsidios sin control y organismos de fiscalización debilitados. Hubo reconfiguración de concesiones, sanciones y un discurso oficial de cambio. Sin embargo, quedó planteada la duda de si esas transformaciones fueron estructurales o meramente coyunturales. 


La pregunta central que emerge de ese período no es técnica, sino política: ¿por qué fue necesario un desastre de magnitudes catastróficas para que el tema ganara centralidad en la agenda? La respuesta, ¿yace en la economía política del cortoplacismo?, ¿el costo político inmediato de aplicar las correcciones necesarias (auditorías rigurosas, corte de subsidios por mal desempeño, aumento tarifario) ¿se percibía como infinitamente mayor que el costo político difuso de mantener un sistema en lenta decadencia? La tragedia, al materializar de golpe y de la forma más cruenta el costo humano de la negligencia acumulada, alteró brutalmente ese cálculo. Once operó así como un punto de inflexión forzoso, que transformó un problema estructural crónico y tolerado en una crisis aguda e impostergable, demostrando que las advertencias técnicas, cuando chocan con la inercia política, suelen necesitar de una catástrofe para ser escuchadas. 

5. 2013–2024: avances y persistencias 

Durante la década siguiente se implementaron políticas que generaron mejoras concretas en el sistema de transporte, entre las que se destacan la renovación significativa del material rodante, la ejecución de obras de infraestructura prioritaria —con la notable expansión de la red de Metrobús en el AMBA—, la aplicación de revocaciones de concesiones por incumplimientos —estableciendo un precedente clave en la exigencia contractual— y la digitalización parcial de los sistemas de control, impulsada por la implementación obligatoria del sistema de pago electrónico SUBE como herramienta de transparencia y modernización. En ese marco, la CNRT fortaleció sus capacidades de monitoreo operativo, adoptando un perfil más técnico y menos susceptible a la influencia política directa. 

Pese a esos avances, persistieron problemas estructurales que reflejaban la naturaleza inconclusa de las reformas. La nueva declaración de la emergencia ferroviaria en 2024 dejó en evidencia que los mecanismos de excepción se han institucionalizado, sustituyendo una planificación sostenible. Asimismo, se mantuvo la opacidad en la asignación de subsidios al transporte automotor, lo que dificultó la evaluación de su eficiencia y debilitó la rendición de cuentas, aun con los datos generados por el sistema SUBE. 

Un aspecto particularmente significativo fue la evolución de la coordinación interjurisdiccional en el AMBA. Si bien el alineamiento político entre las tres principales jurisdicciones (Nación, Provincia de Buenos Aires y Ciudad Autónoma de Buenos Aires) entre 2015 y 2019 permitió cierto grado de articulación informal —facilitando obras como la extensión del Metrobús y el Boleto Integrado—, no se tradujo en avances sustantivos en la institucionalización de mecanismos de gestión metropolitana. 

La falta de consolidación normativa y de instancias formales de coordinación demostró, una vez más, cómo los acuerdos políticos coyunturales primaron sobre la construcción de políticas de Estado técnicas y permanentes, limitando la sostenibilidad de las mejoras alcanzadas. 

6. 2020–2022: pandemia y control sanitario 

Durante la pandemia de Covid-19, el transporte público se transformó en un vector de riesgo sanitario. La CNRT debió monitorear protocolos de higiene, frecuencias y aforos en trenes y colectivos. Esa etapa mostró que, frente a emergencias inéditas, los organismos de control eran indispensables no sólo para garantizar eficiencia económica, sino para cuidar la salud y la seguridad ciudadanas. 

7. 2025: el debate que regresa 

En la actualidad, bajo la presidencia de Javier Milei, el debate reaparece con la fuerza de los noventa. El discurso de desregulación y reducción de estructuras estatales vuelve a poner en cuestión el futuro de los organismos de control. ¿Es posible pensar en un transporte masivo sin fiscalización activa?, ¿qué aprendizajes de 2001, Once y la pandemia quedan institucionalizados?, ¿y cuáles se diluyen en la lógica de la emergencia permanente? Lo interesante, y problemático, es que quince años después de aquellas discusiones de 2010, vuelven a emerger interrogantes similares: ¿han cambiado las condiciones estructurales del sistema o persisten las mismas debilidades institucionales?,: ¿ el esquema de subsidios masivos, en un contexto de inflación crónica y presión fiscal, reproduce las mismas tensiones que lo originaron en 2002? ¿La CNRT y otros organismos han logrado consolidarse como agencias técnicas de control o han quedado atrapados en dinámicas políticas que erosionan su eficacia?, ¿garantizó efectivamente el cumplimiento de las obligaciones de los operadores o funcionó más como un engranaje administrativo en un entramado de relaciones políticas y empresariales? 

El caso del AMBA ofrece un terreno privilegiado para observar esas tensiones. Allí se concentra el grueso de los subsidios nacionales al transporte, con una estructura empresarial fragmentada, fuerte dependencia del financiamiento estatal y una red ferroviaria y automotor cuya operación condiciona la movilidad cotidiana de millones de personas. La inflación (ya sea desbocada, controlada o su fantasma) añade una nueva capa de complejidad: no sólo tensiona la relación entre subsidios y tarifas, sino que también dificulta la programación y el control de inversiones, la fiscalización de costos declarados por las empresas y, en definitiva, la credibilidad de los mecanismos de supervisión. 

Volver sobre esos temas no implica repetir el pasado, sino interrogar qué cambió y qué permanece igual. La tragedia de Once marcó un antes y un después, pero ¿ese punto de inflexión logró modificar de manera sustantiva la cultura de control en el transporte o sólo produjo ajustes circunstanciales?, ¿la discusión actual refleja un aprendizaje institucional o la reiteración de viejos dilemas? 

Así, la discusión actual interpela tanto a la política pública como a la academia. Quince años después, las preguntas siguen vigentes: ¿por qué seguimos discutiendo lo mismo?, ¿qué impide construir un sistema de control eficaz y autónomo?, ¿son las limitaciones técnicas, la captura política o la propia inercia de un modelo de subsidios e inflación los factores que explican esta recurrencia? 

Lo que parece claro es que el control en el transporte de pasajeros —automotor y ferroviario— no puede pensarse únicamente en términos técnicos. Se trata de un campo atravesado por disputas políticas, restricciones fiscales, intereses empresariales y demandas sociales. El desafío, en consecuencia, es identificar si la arquitectura institucional vigente está en condiciones de sostener un control eficaz en un contexto de inflación, presión presupuestaria y exigencias ciudadanas crecientes. ¿Estamos frente a un ciclo de reiteración de crisis y emergencias, o existen las condiciones para construir un esquema de control estable y legítimo? La respuesta a esta pregunta marcará, probablemente, el rumbo del transporte público en el AMBA y en la Nación toda, durante los próximos años. 

8. La discusión que merecemos 

La vuelta de este debate, casi con los mismos términos que en 2010, interpela a la sociedad en su conjunto. Los organismos de control no son una abstracción burocrática: cuando fallan, lo que se pone en riesgo son vidas. 

En un AMBA y un país atravesados por la inflación, la fragmentación y la emergencia perpetua, las preguntas siguen abiertas. La responsabilidad es colectiva: sostener el debate, exigir transparencia y no resignarse a que la historia se repita. 

Desde una perspectiva analítica, el resurgimiento de esta discusión puede interpretarse como evidencia de un ciclo institucional inacabado: organismos diseñados en los años noventa para un contexto de privatización, atravesados por la crisis de 2001 y reconfigurados tras Once, que nunca lograron consolidar autonomía ni estabilidad. La inflación agrega una variable estructural que distorsiona subsidios y debilita la capacidad de control. La hipótesis por contrastar es si la persistencia de la emergencia y la recurrencia de los debates sobre control son producto de un déficit de diseño institucional original o de una cultura política que naturaliza la excepcionalidad como norma. El desafío académico es producir evidencia que permita distinguir entre ambas explicaciones y orientar, a partir de allí, líneas de acción sostenibles. 

“La hipótesis a contrastar es si la persistencia de la emergencia y la recurrencia de los debates sobre control son producto de un déficit de diseño institucional original o de una cultura política que naturaliza la excepcionalidad como norma.”

La memoria de Once no debería convertirse en un mero recordatorio anual. La discusión sobre los organismos de control, sus funciones y sus fracasos, es también una discusión sobre el derecho a un transporte seguro y digno. Que hoy estemos revisitando los mismos problemas de hace quince años, invita a preguntarnos si hemos aprendido algo o si la inercia de un sistema atravesado por la emergencia y la inflación nos condena a repetir la historia. 

La trayectoria de los organismos de control en el transporte automotor y ferroviario en el AMBA revela tensiones no resueltas entre regulación, política de subsidios e inflación. Lejos de ser un debate cerrado, la recurrencia del tema muestra la persistencia de problemas estructurales. La pregunta que se abre para futuras investigaciones es si la emergencia permanente y la lógica inflacionaria constituyen un límite insalvable para el control o si, por el contrario, estamos frente a una incapacidad institucional y política de reformar un sistema que se reproduce a sí mismo en su fracaso. 

9. El presente y el futuro: ¿hay un punto medio? 

El actual gobierno, ha impulsado nuevamente una redefinición de estos organismos. El foco está puesto en la “eficiencia, la seguridad vial y la auditoría de concesiones”, con un claro mensaje de retirada del Estado de la regulación económica estricta. El presupuesto, las facultades y la agenda de la CNRT y la ANSV son nuevamente reconfigurados. 

La polarización, como es lógico, se reactiva, en un escenario donde la política (los políticos) carece de toda autoridad moral para dirimir el debate. 

La pregunta que queda flotando es si la Argentina podrá alguna vez construir organismos de control técnicos, autárquicos y profesionales que trasciendan los ciclos políticos. Entidades que, con independencia del gobierno de turno, prioricen de manera incuestionable la seguridad de los usuarios y la calidad del servicio. 

Mientras la grieta siga definiendo la función del Estado, el riesgo de que el control del transporte oscile entre la politización asfixiante y la desregulación riesgosa seguirá siendo la regla y no la excepción. El desafío, tan enorme como necesario, es encontrar una brújula que guíe la política de transporte más allá de la coyuntura. 

Ese péndulo no se mueve en el vacío. Lo hace bajo la larga e imborrable sombra de la “tragedia” de Once de 2012: la manifestación más trágica de un sistema de control fallido, opaco y presuntamente cooptado. Hoy, cualquier gobierno debe gestionar con ese fantasma presente. Toda medida de desregulación debe demostrar que no es sinónimo de descontrol, y cualquier medida de intervención debe probar que es técnica y no meramente política o clientelar. 

Once se convirtió en el argumento definitivo para ambos lados de la grieta: desde la oposición se alerta sobre un "vaciamiento" de las capacidades de control, mientras que el oficialismo habla de "saneamiento" y "profesionalización". En el medio, como siempre, quedan los usuarios, a la espera de que la próxima parada del péndulo no sea, otra vez, en la estación del drama.


Juan Martínez

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