El año 1945 representa el punto focal de un proceso histórico que instauró un orden político, económico y social de alcance global al cual, hoy, el mundo asiste a su desarticulación con la incertidumbre de un futuro para el cual Occidente parece no tener una respuesta.
Con la Segunda Guerra concluye un prolongado conflicto que tuvo su origen en la crisis de la primera globalización, conocida comúnmente como la “División Internacional del Trabajo” que se manifiesta en la Primera Guerra Mundial y se extiende con la “Crisis del 30” que expone la fase terminal de ese modelo liberal planteando como alternativas de superación al comunismo, el fascismo y el Estado de bienestar.
La derrota de la Alemania nazi, la bomba atómica, la ocupación soviética de media Europa, la creación de las Naciones Unidas, del Fondo Monetario y de las bases del Banco Mundial son sucesos de 1945 que van a caracterizar el inicio de un período llamado a rescatar un liberalismo herido, en la idea central que sostiene que la autonomía de los mercados era el motor de la economía. La tarea no era sencilla, la desconfianza sobre el libre mercado era profunda en los pueblos que demandaban al Estado su regulación aun en las democracias más desarrolladas, las que, a su vez, debían enfrentar la necesidad de promover una justa distribución del ingreso frente a la amenaza de un mundo socialista beligerante.
“En la convicción de que las soluciones no se encuentran en el pasado sino en el correcto diagnóstico que hagamos de nuestro tiempo para consensuar un proyecto de futuro común.”
En ese orden global en construcción, en la Argentina de 1945 hará su irrupción la irrupción un sujeto social que se apropiará del curso de los acontecimientos y se constituirá en la columna vertebral de un movimiento político y social que definirá la identidad nacional de la segunda mitad del siglo XX.
Estamos próximos a celebrar el 80 aniversario de la gesta del 17 de octubre, y como toda conmemoración resulta una oportunidad propicia para reflexionar sobre el legado de valores y principios heredados de la experiencia histórica como también sobre el presente y los desafíos que nos impone el siglo XXI, en la convicción de que las soluciones no se encuentran en el pasado sino en el correcto diagnóstico que hagamos de nuestro tiempo para consensuar un proyecto de futuro común.
El 17 de octubre fue un fenómeno en el que factores concurrentes cristalizaron en una oportunidad histórica donde emergieron para constituirse en un sujeto social que asumió un rol protagónico en los acontecimientos. El cuestionamiento a la dependencia del imperio británico, el revisionismo histórico, la emergencia del movimiento obrero organizado tras el proceso industrial de sustitución de importaciones, el fraude y la relativa libertad de acción que proporcionó el período entreguerras a los países periféricos y la aparición de un líder fueron las condiciones necesarias que posibilitaron que, como expresara Scalabrini Ortiz: el “subsuelo de la patria sublevado” irrumpiera dando inicio a un nuevo ciclo histórico donde la soberanía y la justicia social fueron las banderas de un país que asumió escribir su propia historia frente a las potencias centrales.
Perón fue el conductor que supo convocar al movimiento obrero a asumir el rol de ser la columna vertebral de un movimiento de nacional de liberación, cuyo modelo teórico, como sostiene Gustavo Cirigliano, ya había sido internalizado por el conjunto de la sociedad gracias al trabajo del nacionalismo, de FORJA y de sectores provenientes del anarquismo y del socialismo que confluyeron en un proyecto consensuado que cambió la historia y el mapa de un país.
Retornando a nuestros días, nos preguntamos de qué condiciones disponemos para formular un proyecto alternativo al paradigma del capitalismo financiero vigente desde hace décadas. Para ello, se propone realizar un diagnóstico de la situación en la que nos encontramos. Partiendo de una analogía básica con el siglo XX en que también nos hallamos ante la crisis terminal de una segunda globalización, hecho que representa una oportunidad para los pueblos periféricos de pensar un futuro con mayores márgenes de autonomía.
A partir de la década del 70 del Siglo XX, la puja distributiva, incentivada por cambios tecnológicos, promovió y terminó por imponer un nuevo tipo de mercado autónomo de alcance global, basado en el predominio del capital financiero transnacional y en la desterritorialización de las cadenas de valor, modelo conocido como el “Neoliberalismo”.
Las hoy evidentes consecuencias sociales y ambientales de este modelo están llevando a la humanidad a un nuevo colapso de escala planetaria que comenzó a manifestarse claramente con la crisis de la bolsa de Nueva York (2008) hasta la actualidad, pasando por la pandemia, la inconclusa Guerra en Ucrania y la creciente y marcada competencia entre los Estados Unidos y China.
En este contexto, se desprende una primera premisa que hace al dilema argentino: por fuera del libre mercado en su variante globalista o libertaria, carecemos de un cuerpo de ideas, para formular a la sociedad una propuesta alterativa (Jorge Bragulat) que señale un camino distinto basado en principios solidarios y comunitarios que sirvan de contrapeso a la concentración y a ley del más fuerte que imponen los poderosos.
Uno de los rasgos distintivos de nuestro tiempo es que, pese a la degradación de la de representación política, funcional a la pérdida de calidad de vida de nuestro pueblo, siempre nuestra sociedad señaló que la solución es democrática. En consecuencia, los argentinos hemos logrado avanzar en afianzar la estabilidad institucional y en la conquista de derechos individuales y de minorías de absoluta legitimidad, pero que no afectan los intereses de los grupos económicos concentrados que lograron que la misma sustituyera la agenda de derechos sociales cuya pérdida fue permitió la transferencia de recursos de hacia un sector cada más reducido, concentrado y poderoso.
Es así que, superados los 40 años de estabilidad institucional, tenemos mucho para celebrar, pero también una deuda con nuestra sociedad por los índices de exclusión social y de pobreza que debemos asumir para religar la democracia con el bienestar general a través de un proyecto de país capaz de afrontar desafíos complejos.
La democracia argentina nació condicionada por los profundos cambios que la Dictadura impuso en el sistema financiero, acorde con los parámetros globales, que marcó el comienzo de un proceso de desindustrialización que dio vida a actores especulativos que, progresivamente, fueron concentrándose y transnacionalizando con el correr de los años. Una de las herencias más pesadas de este período fue la deuda externa de la cual jamás prosperó un juicio sobre su legitimidad.
La crisis hiperinflacionaria de fin de la década de los años ochenta, demostró la incapacidad del Estado para hacer frente a los grupos económicos que, con la asunción del gobierno Carlos Menem y su Ministro Domingo Cavallo, encontraron los interlocutores subordinados, válidos para diseñar un conjunto de leyes y decretos que, junto a tratados internacionales, sustentaron la desregulación del mercado interno, del externo, del transporte y de lo poco que aún quedaba de un sistema de crédito. Es así, que en un breve período de tiempo fueron desguazados: ELMA, el ferrocarril de carga, el complejo industrial militar y se privatizaron el río Paraná, el Banco Hipotecario, Aerolíneas Argentina e YPF, entre otros activos nacionales.
Con estas medidas se instituyó un nuevo régimen económico que fue sacralizado en la Constitución del año 1994, que dio sustento a un Estado garante de un modelo neoliberal que, más allá de los gobiernos, desde hace tres décadas, promueve un capitalismo cuya renta fundamental está en la especulación financiera y no en la producción de bienes y servicios.
Es en esta ecuación que plantea la contradicción fundamental a la que debemos dar respuesta: un sistema financiero cuya renta extraordinaria está cada vez más desvinculada de los procesos productivos que incluyen al universo del capital y el trabajo. Un sistema financiero que repliega al capital de la organización de la producción y el trabajo para reproducirse de manera especulativa.
Exponen al mundo a un holocausto nuclear y plantean cambios geopolíticos que alteran todo lo conocido.
Sin embargo, la Argentina de la timba financiera y de la exclusión no es la única cara del país. Nuestra sociedad fue desarrollando estrategias de resistencia que, si bien no llegan a articular aún un modelo alterativo, si constituyen un cuestionamiento al status quo vigente y muestran que existe una Argentina invisibilizada que funciona en otros códigos, particularmente, en el interior profundo de los pueblos y los barrios con actores sociales que, debidamente convocados, pueden ser el sujeto de una nueva etapa histórica para el país.
La actualización de datos del sector de la Economía Social realizado por el Instituto Nacional del Asociativismo y la Economía Social (INAES), en el año 2017, puso en evidencia el alto grado de vigencia del principio asociativo que distingue a nuestro país. Casi la mitad de los argentinos están asociados a una cooperativa o a una mutual, como también a clubes deportivos, sociedades de fomento u otro tipo de entidades solidarias. Esta realidad palpable de nuestro pueblo reconoce sus orígenes en la amalgama de distintas tradiciones comunitarias que fueron fraguando una diversidad de formas solidarias de carácter productivo y de prestación de servicios que articulan un modelo extendido en todo el territorio nacional.
“Argentina de la timba financiera y de la exclusión no es la única cara del país.”
La cultura andina, nos aporta los valores del Sumak kawsay, por lo cual todo quehacer humano debe estar en armonía y equilibrio con la naturaleza, donde la reciprocidad es parte esencial en los intercambios y la complementariedad la forma de relación entre los espacios. Esta cosmovisión de los pueblos originarios se entrelazó con el municipio hispánico donde la participación vecinal fue fundamental en la construcción de las identidades regionales que definieron la forma de estado republicana y federal. A estas tradiciones comunitarias, se sumó el aporte de las organizaciones productivas de base democrática que desembarcaron con la inmigración europea en la segunda mitad del siglo XIX.
Fue esta mixtura la que definió una identidad comunitaria que, frente a las necesidades, cuando para el capital privado la rentabilidad no era atractiva o cuando el estado carecía de capacidad, fueron los pueblos los que se organizaron para satisfacer demandas básicas, construyendo los pilares de una organización productiva de carácter democrático y solidario.
Fue así que se fueron desarrollando entidades territoriales, cuya interacción dio origen a las federaciones regionales y a las confederaciones de alcance nacional que expresan una variedad de actividades cuya diversidad alcanza desarrollos productivos, la prestación de servicios públicos, centros culturales y deportivos, como también la salud, educación, ayuda económica, seguros y turismo, entre otros.
Definida de esta manera, la Economía Social es un espacio de relaciones productivas democráticas, organizadas territorialmente en entidades de primer, segundo y tercer grado que realizan actividades formales de generación de bienes y servicios que representan un importante porcentaje del PBI y del empleo registrado.
Sin embargo, su visibilización se ve afectada por el choque de intereses que plantean los sectores financieros y concentrados de la economía de mercado transnacional, quienes consideran que el desarrollo humano local y comunitario constituye una competencia a sus fines hegemónicos.
Pero esta Argentina invisible, que supo encontrar en los grandes movimientos populares una base de desarrollo, hoy está huérfana de representación por la renuncia de la política a confrontar con el poder económico y esto dificulta encontrar un camino que pueda encausar actores sociales que encarnan algo muy distinto al interés financiero especulativo transnacional.
“Si pudiéramos hacer una analogía válida con el siglo XX, nos encontraríamos con una situación similar a los años de 1920: la crisis es terminal pero aún intereses ligados a sus estructuras se resisten a aceptar lo inevitable, mientras que los sectores populares no encuentran representación en una clase política subordinada a los grupos económicos, mientras que los partidos políticos dejaron de representar los intereses de los sectores sociales que expresaban.”
A lo largo de la historia de la humanidad, la solidaridad siempre ha sido la mejor estrategia de supervivencia del conjunto. Nuestra propia experiencia ratifica este paradigma y, es por ello, que la economía social mantiene su vigencia y se constituye en una herramienta importante para la construcción de un país integrado social y territorialmente. Volviendo al planteo de Gustavo Cirigliano, primero se requiere elaborar un conjunto de ideas y aspiraciones que, por su legitimidad y pertinencia cale hondo en el alma de nuestro pueblo como posibles soluciones a los desafíos de un momento histórico, que pueda ser asumido por el cuerpo social, puede convertirse en un proyecto transformador.
En la actualidad, los argentinos carecemos de un modelo teórico alternativo al neoliberalismo, tanto que los libertarios se presentan como la superación de su propio fracaso planteando la anulación de todas instituciones y derechos que aún limitan la voracidad empresaria transnacional de los hoy llamados trillonarios. Si pudiéramos hacer una analogía válida con el siglo XX, nos encontraríamos con una situación similar a los años de 1920: la crisis es terminal pero aún intereses ligados a sus estructuras se resisten a aceptar lo inevitable, mientras que los sectores populares no encuentran representación en una clase política subordinada a los grupos económicos, mientras que los partidos políticos dejaron de representar los intereses de los sectores sociales que expresaban.
Como se ha expresado, este régimen económico se halla en una crisis terminal. En el ámbito global cruje con guerras comerciales que afectan a las cadenas de suministros y procesos productivos y con conflictos armados en Europa, Asia y África sin que haya surgido un cuestionamiento válido a la madre de las zonceras que constituye el paradigma del libre mercado como valor absoluto de organización social.
En nuestros días, una de las pocas voces que se alzaron denunciando al neoliberalismo es la de la Iglesia Católica en la voz del Papa Francisco, quien nos volvió a hablar de la periferia, de los excluidos y de la necesidad de cuidar la casa común.
El Peronismo no es la solución al siglo XXI, pero su legado es el sustrato desde donde construir un camino diferente y esta herencia es, esencialmente, comunitaria, no estatista, es la comunidad organizada para regular los mercados desde abajo, desde los pueblos que, reasumiendo su soberanía alimentaria y energética, sean capaces de resolver a nivel local estándares básicos de salud, educación y contención social.
Lo nuevo no es una construcción teórica, el pensamiento debe proporcionar un carácter orgánico a aquellas estrategias de resistencias que el pueblo viene desarrollando frente a los intereses dominantes o de adaptación frente a nuevas tecnologías que cambian las formas de organizar la producción y el trabajo, a fin de transformarla en un modelo para la acción.
En estos criterios el municipio y la economía social y solidaria constituyen una parte básica del sector productivo, junto a las PYMES que, debidamente articulada con el llamado trabajo informal y los sindicatos, pueden ser parte de un proyecto integral e inclusivo de país, donde el sector privado de carácter comunitario sea partícipe de un modelo de producción que, sobre la base de un desarrollo humano y territorial integral, capaz de resolver cuestiones esenciales que hacen al bienestar que nuestro pueblo no puede delegar, ni esperar que las resuelva el mercado y, en muchos casos, el propio Estado.
Aún falta mucho camino por recorrer para que el “subsuelo de la Patria se vuelva sublevar” para rescatar al Coronel Perón, para apropiarse del destino popular y sudamericano que soñaron nuestros próceres en cada generación y cuya concreción siempre será una construcción inconclusa.
Aún nos debemos un proceso de pensamiento nacional latinoamericano que mire más hacia el futuro que a la reivindicación de los legados y nos provea de un necesario modelo argentino, que se convierta en un nuevo sueño que temple el espíritu con la esperanza de convocar a las organizaciones sociales territoriales de carácter de solidario y democrático como sindicatos, cooperativas, mutuales y movimientos sociales, entre otras que sumadas a las PYMES, alrededor de un criterio de desarrollo local, nos permita movilizar la Patria en su integridad desde lo más profundo, en un nuevo 17 productivo, trabajador, inclusivo, federal y sustentable.
* General de Brigada (RE). Lic. en Historia