La sigla que precede este párrafo significa simplemente Organizaciones Libres del Pueblo y constituyen el pilar central de la Comunidad Organizada pero también del modelo de democracia social que Perón nos legó construir en su Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, como ya ha corrido suficiente tinta explicando que, quizás, aquí reside una de las grandes diferencias del peronismo con otros sistemas surgidos en el siglo XX en Europa, en la medida que el peronismo las piensa no como instrumentos regimentados desde el poder político sino precisamente a la inversa, como absolutamente separadas de él, generadas por el pueblo como forma de organizarse para alcanzar sus objetivos y como apoyo pero también control de las acciones del poder popular, recuperan en este tiempo una centralidad que jamás deberían haber perdido.
Ese carácter lo reunían las mutuales y cooperativas que en el protoperonismo ya habían surgido, por ejemplo entre los diferentes grupos migrantes, el peronismo no inventa o crea estas formas organizativas, las promueve y protege porque confía que si la masa trasciende a pueblo a través de su organización y adquisición de la conciencia colectiva común, son estas organizaciones una expresión clara, nítida de ello, pero es menester que conserven su independencia del poder porque no son una correa de transmisión, de arriba a abajo, de la voluntad del conductor, sino una fuerza ascendente de las demandas y necesidades populares, de abajo hacia arriba.
Si hay una que es paradigmática, esa es la organización sindical, durante años habían sido el instrumento de los partidos de izquierda para llevar adelante su lucha política, la tradicional fuerza centrífuga de la izquierda tradicional se trasladó a las organizaciones sindicales anarquistas, socialistas y comunistas, la historia de los primeros cuarenta años del siglo XX son un muestrario de la creación de sindicatos y centrales y su permanente división y subdivisión, la mayor parte de las veces por el traslado a nuestras tierras de las polémicas y enfrentamientos internos de las Internacionales Socialistas y Comunistas europeas.
La constante de sus documentos y proclamas fue el lenguaje de los militantes europeos, las interpretaciones de la realidad argentina a la luz de las categorías europeas y su anclaje en la clase trabajadora inmigrante de los centros urbanos, el desprecio por lo que llamaban “La Política Criolla”, la subestimación del proletariado rural y de los obrajes madereros o azucareros, el desconocimiento absoluto por nuestra historia, identidad y cultura y el permanente intento de involucrar a los trabajadores argentinos en los conflictos internacionales.
Si bien ya en la década del 30 había comenzado a tomar fuerza una corriente autodenominada “Sindicalista” que demandaba priorizar las demandas y problemas locales, la realidad que vivían nuestros hombres y mujeres trabajadores, más allá de la filiación política de sus dirigentes, es con la llegada multitudinaria de una inmigración distinta, la interna, la de nuestros compatriotas de las distintas provincias que se volcaban a las ciudades en busca de trabajo, ante la aparición de la industria que crecía aceleradamente debido al corte de la llegada de manufacturas a raíz a las guerras mundiales y la falta de trabajo en el campo especialmente a partir de la crisis de 1930 y más tarde la segunda guerra mundial.
Perón descubre que hay un nuevo protagonista en la sociedad argentina, que, a la oligarquía tradicional, la clase media surgida a partir de las actividades de servicios de la Argentina incorporada a la economía británica, le aparecía un nuevo sector, tan desconocido que era despreciado y vilipendiado por las clases dominantes, ganadas por la admiración a Gran Bretaña y Francia y la subestimación al criollaje.
Allí nace una alianza indestructible entre Perón y los trabajadores argentinos, que junto a los sectores nacionalistas e industrialistas de las FF. AA, sectores de la iglesia y una parte, menor, por cierto, del empresariado industrial emergente, dieron nacimiento a un Movimiento de Liberación Nacional llamado Peronismo.
Una década prodigiosa lo tuvo como protagonista, defendiendo el proceso revolucionario y afirmando su organización definitiva, el sindicato único por actividad, la central única en la Confederación General del Trabajo, la representación política a través del tercio sindical en las cámaras legislativas, el diálogo permanente con Perón no sólo en los actos multitudinarios sino en la asidua concurrencia de Perón a la CGT a dialogar con sus dirigentes, sí a no sorprenderse el General Juan Domingo Perón en persona iba él a la central obrera semanalmente a dialogar con los sindicalistas, luego de su muerte ningún líder peronista mantuvo esta práctica, muchos inclusive, trataron de evitar todo lo posible esos encuentros, a medida que pasaron los años fue cada vez peor.
El movimiento obrero fue la columna vertebral del peronismo, puso la mayor parte de las víctimas en el salvaje bombardeo de junio de 1955 a la Plaza de Mayo, fue proscripto, perseguido y encarcelado durante la Fusiladora, asesinado en los basurales en junio de 1956, encarcelado y torturado durante el Plan Conintes de Frondizi, encabezó la Resistencia Peronista, puso los primeros “desaparecidos” como Felipe Vallese, organizó el frustrado retorno de Perón en 1964, detenido por los militares golpistas de Brasil a pedido del “demócrata” Illia, bajo cuyo gobierno ya habían sido asesinados los obreros Mussi, Retamar y Méndez al reprimirse un acto en conmemoración del 17 de octubre, enfrentó a Onganía y unido a los estudiantes universitarios de Corrientes, Rosario, Córdoba y Gral. Roca, lo obligaron a renunciar poniendo fin a sus sueños de gobernar indefinidamente y lograron el histórico regreso de Perón a la patria aquel inolvidable 17 de noviembre de 1972.
El tercer gobierno de Perón, interregno de Isabel y la Dictadura.
Hasta aquí, si bien someramente, me he tratado de detener en la demostración que el regreso de Perón a la patria y su tercer gobierno fueron el resultado de 18 años de lucha de la Resistencia Peronista y de ninguna manera de la aparición de los grupos armados que no existían cuando los trabajadores y estudiantes protagonizaron las puebladas que echaron a Onganía, sería demasiado ingenuo suponer que en apenas dos años hayan logrado derrotar a las fuerzas armadas e imponer el regreso del líder, es más, en 1972 la mayor parte de sus militantes y dirigentes estaban presos o habían sido muertos por las fuerzas de seguridad, en especial Montoneros, que se han atribuido este hecho histórico cuando sus principales líderes, Fernando Abal Medina, Carlos Gustavo Ramus, Carlos Capuano Martínez, Emilio Maza, José Sabino Navarro habían sido muertos por la represión, otros estaban presos o fuera del país.
Sí podemos decir que muchos dirigentes sindicales como Augusto T. Vandor (1969) José Alonso (1970) habían sido asesinados por estos grupos que entendían que bastaba la condena de un grupo de iluminados al accionar de un dirigente para asesinarlo en nombre del socialismo (ERP) o del ¡Peronismo! (Montoneros), incluso luego de la victoria electoral del 11 de marzo de 1973, como fue el caso de Dirk Kloosterman en mayo de 1973.
A fin de seguir desarmando una historia falaz digamos que el llamado “sindicalismo combativo” tampoco estuvo en las luchas del 69, Tosco participó en el Cordobazo, pero su organización y conducción estuvo a cargo de dirigentes peronistas enrolados en la Confederación General del Trabajo como Elpidio Torres (SMATA) y Atilio López (UTA).
Los famosos gremios clasistas de Córdoba Sitrac y Sitram no participaron ya que la Fiat decidió licenciar a su personal de Materfer y Concord el día 29 de mayo, y René Salamanca aún no era dirigente de esas organizaciones.
Pero volvamos al 73, Cámpora y Solano Lima asumen el gobierno el 25 de mayo de 1973, designados por Perón que estaba proscripto por una cláusula de Lanusse, en Economía asume José Ber Gelbard y de inmediato se implementa el Pacto Social, destinado a bajar la inflación, recuperar el salario y ordenar la economía, todo bajo la conducción de Juan Domingo Perón, los grupos armados seguían actuando más allá de haber asumido un gobierno democrático y elegido por el pueblo, así el ERP atacó el Comando de Sanidad en plena Capital Federal y Montoneros se enfrentó con la seguridad del palco en Ezeiza el 20 de junio frustrando el reencuentro de Perón con su pueblo.
El 23 de setiembre la fórmula Perón-Perón triunfa en las elecciones convocadas a fin de sanear la acefalía producida por la renuncia de Cámpora, y 24 horas después Montoneros asesina al Secretario General de la CGT José Ignacio Rucci, asestando un golpe demoledor al regreso al poder de Perón en la patria. Digo demoledor porque Rucci no sólo era el jefe indiscutido del movimiento obrero sino una de las columnas que sostenían el Pacto Social, política central de Perón para sacar al país del marasmo luego de 18 años de gobiernos ilegítimos, era considerado como un hijo por el general.
Apenas un año después, el 1 de julio de 1974 muere Juan Domingo Perón, en apenas un año había llevado a los trabajadores a percibir el 50% del PBI, logro que solo se había alcanzado en la década 1945-1955, la inflación estaba controlada, el movimiento obrero tenía una numerosa representación parlamentaria y estaba férreamente unido en la CGT.
Luego de su muerte el gobierno perdió gran parte de su impulso, no obstante se promulgó la Ley 20.744 de Contratos de Trabajo, que aún está vigente más allá de las mutilaciones de la dictadura, que ningún gobierno democrático se atrevió a remediar, Isabel Perón carecía del liderazgo que era necesario, no es un cargo contra ella, ningún dirigente peronista de la época lo hubiera hecho mejor, en 1975 se produjo un duro enfrentamiento a raíz de las medidas económicas dispuestas por el nuevo ministro de economía Celestino Rodrigo, un shock económico de carácter liberal que incluía un tope a las negociaciones colectivas. Por primera vez en la historia la CGT dispuso un paro general contra un gobierno peronista, el 27 de junio se produjo una concentración multitudinaria en Plaza de Mayo, reclamando la renuncia de los ministros de Economía, Rodrigo y de Bienestar Social, José López Rega, así como la homologación de los acuerdos paritarios alcanzados, Isabel rechazó el reclamo y la CGT declaró un paro general por 48 has los días 7 y 8 de julio, logrando no solamente la homologación reclamada sino la salida de ambos ministros del gobierno.
En realidad la oligarquía y el poder económico concentrado reunidos en la APEGE estaban lanzados a derribar al gobierno, el movimiento obrero logró la designación de Antonio Cafiero en Economía y de Carlos Ruckauf en Trabajo y comenzó un intento de recuperar la iniciativa, advertidos que el peronismo era capaz de retomar su programa histórico y contaba con el apoyo total de los trabajadores, los militares golpistas que ya habían colocado a Eduardo Massera y Jorge Rafael Videla como jefes de la Armada y del Ejército se dispusieron a acelerar el golpe.
La CGT y las 62 organizaciones se constituyeron en el único sostén del gobierno de Isabel Perón, los grupos terroristas también aceleraron su accionar atacando cuarteles militares, iniciando un foco de guerrilla rural en Tucumán y asesinando dirigentes como Rogelio Coria, todo ello bajo la consigna “Hay que profundizar las contradicciones”, considerando que la caída del gobierno democrático iba a conducir a un enfrentamiento del pueblo, conducido por su “vanguardia armada” o sea ellos, con las fuerzas armadas y que la segura victoria llevaría a superar al peronismo, que era una expresión burguesa, e implantar el socialismo, de los resultados de este mesianismo terrorista, no voy a hacer comentarios, hay decenas de libros sobre ello, pero sí de las consecuencias que tuvo para el movimiento obrero.
El Movimiento Obrero frente a la última dictadura.
Si el golpe del 24 de marzo de 1976 fue la continuidad superadora en crueldad, profundidad y decisión de producir una transformación conservadora definitiva en la Argentina, el movimiento obrero estuvo en la mira prioritaria de estos vendepatrias.
Ley 21.400 prohibiendo cualquier acción concertada de protesta.
Ley 21.261 suspendiendo el derecho de huelga
Ley 21.356 prohibiendo todo tipo de actividad gremial, asambleas, reuniones, elecciones, hasta se facultaba a los interventores militares en los sindicatos a nombrar a los delegados gremiales.
Ley 21.263 que eliminó el fuero sindical.
Ley 21.259 por la que se reimplantaba la Ley de Residencia.
Ley 22.105 que derogó la Ley 20.615 de Asociaciones Sindicales y eliminaba las entidades de tercer grado, o sea la CGT.
Ley 21.297 que derogó 27 artículos de la Ley de Contratos de Trabajo y modificó otros 99, el principal autor de la ley 20.744, Norberto Centeno fue secuestrado junto a varios abogados laboralistas en la “Noche de las corbatas” entre el 6 y el 8 de julio de 1977.
Decreto 385/77 que dio de baja a todas las afiliaciones a los sindicatos de la República Argentina, obligando a que cada trabajador tuviera que ratificar nuestra afiliación ante la oficina de personal en medio de la represión. Fue emitido el 11 de febrero de 1977 y daba plazo hasta el 10 de abril de ese mismo año para ratificar la afiliación. El 11 de abril, 24 hs después de expirado el plazo era secuestrado Oscar Smith, Secretario General de Luz y Fuerza que encabezaba un conflicto en defensa del convenio colectivo. Fue la primera gran derrota de la dictadura ya que culminado el plazo la cantidad de trabajadores sindicalizados no sólo no bajó sino que se incrementó, ya que muchos que no estaban afiliados lo hicieron.
Es claro que querían borrar del mapa al movimiento obrero peronista, para ello además de liquidar sus conquistas, sus organizaciones y hasta a sus dirigentes (el 70% de los desaparecidos eran trabajadores y muchos de ellos delegados gremiales o dirigentes).
Sin embargo, la resistencia de los trabajadores organizados comenzó casi de inmediato, el mismo día del golpe los trabajadores de IKA-Renault en Córdoba iniciaron un trabajo a reglamento, en abril fue la planta de General Motors en Barracas y al mes siguiente la Mercedes Benz y la Chrysler de Monte Chingolo, todas ellas por reivindicaciones salariales, la represión de los militares obligó a variar las formas de lucha y reaparecieron los sabotajes, Renault denunciaba caídas en la producción de un 85%, En la planta de Dálmine se denunciaba que el 30% de las chapas salían fisurados, similar situación se daba en General Motors con un 25% de los autos dañados, Peugeot anunciaba sabotajes en los bloques de motor, también vivieron duros conflictos los metalúrgicos, los portuarios y comenzó el conflicto de Luz y Fuerza, a raíz del cual fue secuestrado Oscar Smith Muchos gremios habían sido intervenidos y la mayoría de sus dirigentes encarcelados, se produjo una división en las organizaciones no intervenidas y mientras ocho dirigentes (Baldassini de Correos, Valle de seguros, Elorza de Gastronómicos, Horvath de ATE, Hugo Barrionuevo de Fideeros, Pérez de Camioneros, entre otros) acompañaba al Ministro de Trabajo, Gral. Liendo, a la OIT, paralelamente se conformaba la Comisión de los 10 con gremios de peso como Luz y Fuerza, (Smith) taxistas (Roberto García), metalúrgicos (Guerrero) y papeleros (Donaires).
1977 fue el año de conflictos en subterráneos y ferroviarios, en 1978 la revista Mercado habla de 4000 conflictos a lo largo de ese año, 1300 en la primera mitad, destacándose los de portuarios, la empresa Fiat y el frigorífico Swift de Rosario. El año 1979 comenzó con un conflicto en la metalúrgica Ohler, en abril los 3800 obreros de Alpargatas iniciaron un paro por tiempo indeterminado, fueron tomadas las plantas de Cura Hnos., IME y La Cantábrica y un nuevo conflicto en Swift, esta vez de Berisso derivó en una pueblada de los vecinos en apoyo a los huelguistas.
Pero 1979 fue, además el año del primer paro general contra la dictadura, convocado por la Comisión de los 25 el sector combativo de los dos en que se dividió el sindicalismo, lo convocó para el 27 de abril, integraban la comisión: Saúl Ubaldini (Cerveceros), José Rodríguez (SMATA); Roberto García (Taxistas), Raúl Ravitti (Ferroviarios) Cabrera (Mineros) Moret (Luz y Fuerza) y una gran cantidad de seccionales de la UOM, encabezadas por Alberto Campos, rebeldes a la conducción de Marcos, aliado en la CNT, junto a Triacca y Baldassini y gremios intervenidos.
De acuerdo con la Policía Federal y pese a haber sido convocado con sus dirigentes encarcelados, 1.500.000 trabajadores adhirieron a la medida.
Poco tiempo después la Comisión de los 25 se organizó como CGT-Brasil oficializando la ruptura con los gremios colaboracionistas y comenzaron las marchas a la iglesia de San Cayetano bajo la consigna “Pan, Paz y Trabajo”, reuniendo en la primera a más de 30.000 personas pese a la vigencia del Estado de Sitio.
Mientras tanto seguían los conflictos en metalúrgicos, en 1981 hubo dos paros nacionales de Smata y el 22 de julio se llevó a cabo el segundo paro nacional contra la dictadura convocado por la CGT Brasil que tuvo un acatamiento superior al de 1979, incluso muchos pequeños comerciantes y empresarios cerraron sus puertas agobiados por la crisis económicas.
En marzo de 1982 se produjo la histórica marcha convocada, una vez más por la CGT Brasil, esta vez hacia Plaza de Mayo, encabezada por Saúl Ubaldini y Lorenzo Miguel, tuvo carácter multitudinario, desatada la represión hubo enfrentamientos en el centro de Buenos Aires durante horas y cientos de detenidos, entre ellos la conducción sindical.
Es muy importante que se conozca la realidad de la lucha sindical de esos años, mientras Raúl Alfonsín cenaba habitualmente con Albano Harguindeguy y en ocasión de la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, en 1979 rehusó concurrir a dialogar, alegando un viaje programado con anterioridad, al igual que su partido la UCR, el único partido político que se presentó formalmente denunciando los atropellos de la dictadura, los asesinatos, desapariciones, presos sin juicio, censura, etc. en un documento firmado por Deolindo Felipe Bittel y Herminio Iglesias como autoridades, fue el Partido Justicialista.
La dictadura se desbarrancaba, la guerra de Malvinas aceleró los tiempos y ya a fines de 1982 reaparecían algunos viejos políticos y los más viejos aún partidos que habían sido cómplices del golpe del 24 de marzo de 1976 y habían dado asesores, intendentes y funcionarios a la dictadura, pronto los luchadores se transformarían en cómplices y los cómplices se mostrarían como adalides de la democracia.
La dictadura criminal, en sus siete años de duración había logrado producir cambios tan profundos en la sociedad argentina que, hasta Martínez de Hoz, ante la victoria, inesperada, de Raúl Alfonsín en las elecciones de octubre de 1983, se permitió afirmar que esto había ocurrido “Gracias al éxito del Proceso de Reorganización Nacional”.
Hasta 1976 la República Argentina era un país con un poderoso sector industrial, que aportaba el 33% del PBI, era moderno, es falso cuando aún se sostiene que lo que había hecho una crisis era la economía de sustitución de importaciones, el país no solo había reemplazado manufacturas externas, sino que había desarrollado sectores de alto contenido tecnológico y exportaba no sólo productos primarios o agroindustria sino productos industriales.
Ello tenía como contrapartida un mercado interno, pequeño pero importante, y una gran clase media, en términos de poder adquisitivo, fruto de un sindicalismo muy fuerte, altas tasas de afiliación y muy dinámico. No había trabajo precario o era mínimo, la pobreza no superaba el 5% de la población, la desocupación era del 4%, más allá de la crisis política del gobierno de Isabel, la economía nacional no afrontaba problemas estructurales.
La dictadura fue, con Martínez de Hoz a la cabeza, quien vino a cambiar de cuajo el modelo de matriz industrial y con ella surge el modelo de capitalismo financiero que había comenzado a crecer a partir de la crisis del petróleo de 1974, en todo el mundo.
La apertura indiscriminada de importaciones industriales que ingresaba libre de impuestos y muchas veces a precio de dumping ya que tenían subsidios directos o indirectos en sus países, llevó a la quiebra a las pequeñas y medianas empresas locales, que no tenían beneficios impositivos ni subsidios. Asimismo, muchas empresas grandes o transnacionales se fueron del país ya que les convenía dejar su franquicia a algunos empresarios locales que echaron a sus empleados, vendieron las máquinas y convirtieron los galpones en acopiadores de importaciones, así nace, por ejemplo, Sevel con la franquicia de Fiat y Peugeot.
Miles de trabajadores son despedidos o pierden su empleo ante el cierre de sus empleadores, nacen los remises, las agencias de PRODE, los tallercitos de barrio, el empleo informal o “en negro” comienza a crecer aceleradamente, cae el empleo formal y la afiliación sindical y crece la pobreza que en 1983 ya era del 30% y el endeudamiento externo que pasa de 8.000 millones en 1976 a 45.000 millones en 1983.
El sindicalismo no sólo se encontró con ese fenómeno sino con sus organizaciones saqueadas y quebradas por las intervenciones militares, que continuaron varios meses en democracia hasta que aparecieron las Comisiones Normalizadoras, muchos de sus dirigentes seguían presos y se había perdido una generación entera de militantes y activistas entre muertos, desaparecidos, despedidos y muchos que habían abandonado la actividad en los años de plomo.
Muchos hablaban de la necesidad una “renovación dirigencial”, como si un auténtico dirigente saliera de un huevo o de una cátedra universitaria, un trabajador necesita dos o tres años desde su ingreso para conocer la actividad y ganarse el respaldo de sus compañeros para ser electo delegado, luego cuatro o cinco para llegar a la comisión directiva y comenzar un nuevo proceso de aprendizaje, hasta ahí conocía cómo era la vida laboral en una fábrica, comercio u oficina, ahora tiene que conocer cómo es esa actividad en todo el país, antes hablaba con un empresario, ahora con la cámara de la actividad del país, es un verdadero cursus honorem, un aprendizaje empírico que no puede ser reemplazado.
Hacía casi ocho años que no solo no había nuevas generaciones incorporadas al trabajo sino que las viejas perdían sus empleos, el terror aún anidaba en el alma de las familias argentinas, si un joven hablaba de meterse en el sindicato o en política recibía el cuestionamiento de todos sus familiares y amigos “Dejate de joder, no viste los que les pasó a los que se metieron” y ni hablar si lo hacía quien ya había vivido la experiencia de la represión o el despido.
A mediados de los 90, me tocó escucharlo de una compañera, había convocado a una jornada de formación, desde mi secretaría en el sindicato, y una joven, Licenciada en Ciencia Política, ingresando al predio, me dijo “Omar te cuento que yo no dije en mi casa que venía a una actividad sindical, para que no se asusten” y esto provenía de una profesional universitaria y a más de diez años de finalizada la dictadura.
Es necesario reconocer esta realidad para comprender el cambio que se produjo en el sindicalismo, si bien en 1983 el Justicialismo elige sus autoridades luego de la proscripción y en ellas estaban compañeros como Lorenzo Miguel, Carmelo Amerise o Herminio Iglesias que provenían del sindicalismo y habían sido presos o enfrentado a la dictadura, y en las listas para el parlamento había un tercio de candidatos provenientes del movimiento obrero (35 se incorporaron al Congreso Nacional) la derrota a manos de Alfonsín los transformó en culpables de la derrota.
Pese a sus notorios vínculos con los militares durante los siete años del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional y que su partido fue socio, con intendentes, asesores y funcionarios, lanzó como eje de su campaña que había un “Pacto militar-sindical” y transformó al sindicalismo en el enemigo a vencer si se quería alcanzar la democracia.
Los sectores políticos del Justicialismo que, salvo honrosas excepciones, habían permanecido “bajo la cama”, rápidamente culparon a la “burocracia sindical” de la derrota electoral y crearon el anatema de “Mariscales de la Derrota” hacia el sindicalismo, pivoteando en Herminio Iglesias, por la derrota en la provincia de Buenos Aires y en Lorenzo Miguel como jefe de las 62 Organizaciones.
Si bien en la autodenominada “Renovación Peronista” militaban compañeros como Antonio Cafiero o Carlos Menem (hasta ese momento era impensable su giro posterior) que habían sufrido cárcel durante la dictadura, también aparecían paradójicamente representando al sindicalismo dirigentes como Triacca y Baldassini que habían sido figuras principales del “participacionismo” con los militares.
A poco de asumir el gobierno Alfonsín junto a notorios gorilas y que exhibían un odio visceral hacia el sindicalismo como Germán López, Roque Carranza (uno de los responsables del ataque terrorista con bombas a un acto del peronismo en Plaza de mayo el 15 de abril de 1953 que dejó seis muertos y varios heridos) y Antonio Mucci un ex dirigente socialista de los 32 Gremios Democráticos (expresión antiperonista opositora a las 62 Organizaciones) eligió como enemigo al movimiento obrero, una semana después de asumir envía al Congreso, un proyecto de Ley de Reordenamiento Sindical que iba contra el corazón del modelo sindical al imponer el acceso de las minorías a la conducción del gremio, (hasta ese momento la conformación de los órganos de conducción se establecía en los estatutos de cada organización), eliminar la antigüedad mínima de tres años para ser candidato, reducía el mandato a tres años y permitía solamente una reelección, desde allí hasta hoy día siguen insistiendo con la misma obsesión, revelando su profundo odio antipopular.
En enero de 1984 se unificó la CGT con cuatro Secretarios generales, dos por el sector de la CGT Brasil (Ubaldini y Borda) y dos por el lado del sector “participacionista” (Triacca y Baldassini), la respuesta del gobierno fue la intervención, en el mes de marzo, de Foetra (telefónicos), Federación del papel y SUPE (petroleros).
El proyecto oficial fue aprobado en Diputados pese a las movilizaciones sindicales frente al Congreso, pero en el Senado fue derrotado por 2 votos (uno del Movimiento Popular Neuquino y otro del MID formoseño), la ceguera y el sesgo fuertemente antisindical y antiperonista del gobierno lo llevaron a su primera derrota parlamentaria a menos de tres meses de haber asumido.
Mucho podríamos hablar de esos años, de los 13 paros generales “injustificados”, pese al fracaso del Plan Austral, del cambio de moneda, del Plan Primavera, de la hiperinflación, del aumento de la pobreza, de los saqueos, de la estrepitosa caída de la autoridad presidencial, pero quiero detenerme en un aspecto que va a marcar las próximas décadas.
El peronismo tardó mucho en recuperar cierta organicidad, en ser un verdadero partido de oposición, golpeado por la derrota del 1983, fracturado entre ortodoxos y renovadores, y, fundamentalmente en un giro interno en su definición ideológica que es el que se consolida en los 90 con Menem, dejó a la CGT como única expresión de oposición al gobierno, en principio porque el gobierno lo eligió como enemigo a destruir, como ya vimos, querían vengar una supuesta complicidad con los militares en el golpe contra Illia, ocultando la ilegitimidad intrínseca de ese gobierno, electo por la proscripción de Perón y el peronismo, luego porque desde 1985 comenzó una crisis económica (en ese año Alfonsín anuncia una “Economía de Guerra”) que agudizó la caída salarial, la pobreza, la pérdida de empleos y el mantenimiento de la suspensión de las discusiones paritarias que había establecido la dictadura, lo que provocó un auge de la conflictividad sindical.
El sindicalismo argentino desde 1945 no se concibió como un grupo de presión o de interés sectorial, convencido de aquello que “nadie se realiza en un país que no se realiza” comprendió rápidamente que el destino de los trabajadores estaba atado al modelo de país, año tras año fue viendo cómo el crecimiento económico, el aumento de la producción, en un modelo peronista significaba mayor inclusión social, acceso a la educación, la salud, la calidad de vida en general, sin dejar de ser trabajadores, desde un punto de vista de la forma de vida y expectativas de futuro se percibe como clase media, ya no por ser los hijos privilegiados de “M´hijo el Dotor” de Florencio Sánchez, sino porque el trabajo le permitía alcanzar un nivel de vida que antes de 1945 estaba limitado a un sector pequeño de las grandes ciudades de la Argentina oligárquica.
Convencidos también que sólo se concebía una clase de argentinos “los que trabajan”, el almacenero, el verdulero, el dueño de un bazar, la modista, el pequeño y mediano empresario que concurría todos los días a su empresa y conocía al dedillo las máquinas que se usaban, eran trabajadores y el movimiento obrero organizado debía asumir su defensa igual que la del asalariado.
Por ende, hacía suyos los reclamos por acceso al crédito, protección arancelaria, defensa ante la competencia externa, impulso a exportar y ganar mercados, diversificación de la producción y aumento de la industrialización local de los productos primarios, para incrementar su valor agregado. Cuando los gobiernos se desentendían de esto o, por improvisación o mala fe, avanzaban contra esto, la CGT asumía su defensa, desde los programas de La Falda y Huerta Grande hasta los 26 puntos de la CGT en 1985 o la “Agenda para un nuevo Contrato Social” de 2024, tienen este contenido.
Sin embargo a partir de 1986 comenzó a abrirse una grieta entre el movimiento sindical y las estructuras políticas del peronismo, el giro “modernizador” de la renovación afirmaba que los sindicalistas eran “mal vistos” por la sociedad, que los sectores medios rechazaban a “los morochos con campera de cuero” y que había que olvidarse del 30% de candidatos en las listas, si en 1983 ingresaron 35 dirigentes al Congreso hoy en día pueden contarse con los dedos de una mano y todos ellos llegaron por cercanía a alguna fracción partidaria no por representación orgánica del movimiento obrero.
Esto coincidió con cierto rechazo a la alta exposición que producía ser la contracara de un gobierno, los sectores más tradicionales del sindicalismo le cuestionaron a Saúl Ubaldini el rol que había asumido la CGT, y si bien no se llegó a la fractura la distancia era visible. Surgió el concepto de “tenemos que replegarnos a los sectores y defender nuestros espacios naturales” dicho en criollo, “dejemos la política a los políticos y cuidemos nuestras quintas”, esto se enmarcaba, además, en un fuerte avance neoliberal que desde los sectores del capital concentrado presionaba por reformas laborales, limitar el derecho de huelga, apertura económica, privatización de empresas del Estado, reducción de “costos laborales”, etc. Lo que no se advirtió fue que la representación política del peronismo era cada vez más permeable a estos reclamos, bajo la consigna “El mundo ha cambiado, nosotros tenemos que cambiar”, las camperas de cuero en el parlamento comenzaron a ser reemplazadas por trajes de Armani o Hugo Boss, corbatas de seda y Perón por Toffler o Peter Drucker.
El sindicalismo advirtió que se quedaba solo, la mayor parte del empresariado industrial local había cerrado, luchaba a duras penas por sobrevivir o vendía sus empresas, los comercios se llenaban de productos importados e incluso muchos sectores medios, hijos de trabajadores que habían llegado a ser profesionales gracias al país próspero del peronismo marchaban deslumbrados por el vellocino de oro del “Fin de la historia”.
“El peronismo tardó mucho en recuperar cierta organicidad, en ser un verdadero partido de oposición, golpeado por la derrota del 1983, fracturado entre ortodoxos y renovadores, y, fundamentalmente en un giro interno en su definición ideológica que es el que se consolida en los 90 con Menem, dejó a la CGT como única expresión de oposición al gobierno, en principio porque el gobierno lo eligió como enemigo a destruir.”
Al mirar a su alrededor veían caer el número de afiliados por todo lo expuesto con anterioridad, las obras sociales comenzaban a ser deficitarias ante la caída de aportantes y del valor del salario, comenzó una lucha por apropiarse de sectores de otras actividades (Smata vs UOM, Camioneros vs Comercio) o donde había más de un gremio en la misma actividad por “sacarle” afiliados al otro (UPCN vs ATE), el país se achicaba en el lecho de Procusto del neoliberalismo que se extendía por el planeta luego de la caída de la URSS, se achicaba la actividad económica, crecía el trabajo precario, el salario era la variable de ajuste de todos los planes de estabilización, la dirigencia peronista parecía haber olvidado la doctrina o la había tirado al desván de los recuerdos y la dirigencia política, en general comenzaba a constituirse en una “casta” endogámica, la política misma dejaba de ser un instrumento para el bien común y se transformaba en una “caja” desde donde comprar voluntades y lealtades, generar negocios, muchas veces millonarios, el clientelismo y el comercio de adhesiones se extendía a los referentes y agrupaciones.
El menemismo fue todo esto llevado al paroxismo, si bien hay que reconocer que Menem logró recuperar la autoridad presidencial e intentó transitar, al comienzo de su primer gobierno, un camino menos salvaje, ante el fracaso del plan de Bunge y Born, la corrida bancaria de 1990, y el rebrote inflacionario, convocó a Domingo Cavallo, aceptó las recetas del Banco Mundial y con la Convertibilidad logró una estabilidad que aún al costo de mayor desindustrialización, aumento de la desocupación (en 1999 llegó casi al 20%) y la pobreza y un plan de privatizaciones que desguazó las empresas estatales, las vendió o cerró directamente, además de alta corrupción que enriqueció a funcionarios y a los “liquidadores” de esas empresas, permitió una estabilidad monetaria que duró una década.
En este período el movimiento obrero se dividió, apareciendo tres sectores de los clásicos y un nuevo fenómeno:
1)Los gremios industriales (Smata, UOM, Textiles, Azucareros) que se opusieron al gobierno desde un principio.
2)Los gremios de servicios (Sanidad, Comercio, Gastronómicos, Seguros, Bancarios) que crecieron ante el auge de esta actividad y apoyaron al gobierno o permanecieron al margen de los conflictos.
3)Los gremios estatales, que no fueron afectados por el desguace (UPCN, Pecifa; Apinta, Aefip) que apoyaron al gobierno o fueron neutrales, los de empresas (Luz y Fuerza, Unión Ferroviaria, Foetra, Aeronáuticos, Petroleros) que acompañaron las privatizaciones y se incorporaron a los Programas de Propiedad Participada (PPP) o trataron infructuosamente de evitarlas.
El nuevo sector que emerge en los 90 es el de las organizaciones de trabajadores despedidos o precarizados que empiezan a manifestarse, en muchos casos con apoyos de las poblaciones más afectadas por las privatizaciones, especialmente del petróleo y los ferrocarriles, se autodenominaron “Piqueteros” y fueron el germen de los movimientos sociales que crecieron a partir del 2001.
Paralelamente algunos gremios (ATE, Docentes, y agrupaciones disidentes de gremios de la CGT) conformaron la CTA (Central de los Trabajadores Argentinos) de escaso peso cuantitativo dentro del movimiento obrero o que nunca habían querido ser parte de la CGT como los docentes.
No obstante estas diferencias a los que siguen diciendo “A Menem no le hicieron paros generales” les recuerdo que se hicieron 8, cuatro en el primer gobierno y cuatro en el segundo.
El siglo XXI nos halló a todos en medio de un estallido social que expresaba la crisis profunda del sistema democrático tal como fue recuperado, el cántico “Que se vayan todos” fue un aviso, en términos de lucha callejera, del hartazgo, la desilusión, la bronca del pueblo en su conjunto frente a una democracia que no había cumplido la promesa que con ella “se curaba, se comía y se educaba” el sindicalismo, se debía un debate profundo acerca de esos años.
Llegamos así a este nuevo siglo en medio de una crisis profunda, el 2001, la caída del gobierno de De La Rúa y el “Que se vayan todos”, no fue simplemente el fracaso de un gobierno o de un plan económico, como dijimos en el capítulo anterior fue el hartazgo contra una clase política, de todos los partidos, que fracasó en diseñar políticas de Estado sostenibles para superar el desastre que dejó la dictadura. La UCR se mostró como un partido agotado, viejo, que no comprendió los cambios que se habían dado en el mundo y llegó con un recetario que estaba agotado antes de empezar, encima lleno de odio y de resentimiento, profundamente impregnado del gorilismo que lo caracterizó desde 1945, no estaba en condiciones de convocar a un diálogo nacional (como el de Perón y Balbin en 1973).
El peronismo superaba su desconcierto convirtiéndose en un partido neoliberal, que abandonaba o traicionaba su historia y sólo buscaba demostrar a los organismos internacionales de crédito y a EE.UU que era capaz de ejercer el poder para insertar a la Argentina en la nueva división internacional del trabajo.
Menem tuvo éxito en su plan de estabilización y ajuste, el Plan de Convertibilidad, pero se enamoró de su criatura, ignoró que tenía un fin cercano ya que dependía del ingreso permanente de dólares para sostener el 1 a 1 del peso, había que transformar el aparato productivo para exportar productos con valor agregado, desarrollar nichos de alta tecnología y profundizar el Mercosur, para asegurar el ingreso de divisas, el equilibrio fiscal y un crecimiento sustentable, nada se hizo, la crisis de los países emergentes (Tigres asiáticos, Tequila; Brasil) cortaron el chorro de dólares en mercados de alto riesgo, la convertibilidad se hizo insostenible y todo estalló, más allá de la impericia e improvisación de De la Rúa, era la crónica de una muerte anunciada.
Duhalde y Remes Lenicov hicieron el trabajo sucio, la devaluación y la pesificación asimétrica de los depósitos, créditos y deudas, más las cuasimonedas mantuvieron la actividad económica y comenzó una recuperación, Néstor Kirchner aprovechó las divisas de los altísimos precios de los commodities, logró un acuerdo de refinanciación y quita de capital en la deuda en default, luego canceló la deuda con el FMI, y sumado a la reactivación industrial por la interrupción de importaciones, produjo un crecimiento económico y su redistribución a partir de las paritarias.
“Llegamos así a este nuevo siglo en medio de una crisis profunda, el 2001, la caída del gobierno de De La Rúa y el “Que se vayan todos”, no fue simplemente el fracaso de un gobierno o de un plan económico, fue el hartazgo contra una clase política, de todos los partidos, que fracasó en diseñar políticas de Estado sostenibles para superar el desastre que dejó la dictadura.”
La CGT se reunificó con un triunvirato integrado por Hugo Moyano (Camioneros), Susana Rueda (Sanidad) y José Luis Lingeri (Obras Sanitarias), que representaba a los tres grandes sectores, sin embargo Kirchner cometió un error, basado en su idea que “Él era uno y hablaba con uno”, desconociendo que en la CGT el Secretario General es un Primus inter pares, es decir, asume la responsabilidad de representar un conjunto, pero no es el “jefe” de ese conjunto, menos en ese momento donde había un triunvirato, precisamente porque no había una unidad consolidada, comenzó a reunirse solamente con Moyano y este cometió el error no sólo de aceptar esa relación sino de no calibrar adecuadamente que eso lesionaba los acuerdos que habían permitido unificar la CGT.
Hugo Moyano presidió la CGT entre 2004-2008 y fue reelecto para el período 2008-2012, su mandato sometió a la CGT a los vaivenes de su relación personal con Néstor Kirchner primero y con Cristina después, con esta última nunca logró construir el vínculo que tuvo con Néstor y sus diferencias tuvieron una primera expresión pública en un acto de la CGT en el estadio de River Plate en 2010, recordatorio del Día de la Lealtad, cuando Moyano expresó en su discurso que su sueño era “Tener, alguna vez a un trabajador en la Casa de Gobierno” lo que provocó que Cristina le respondiera en su discurso, ya que se sintió cuestionada, que “ella había trabajado desde muy joven”. Pocos meses después la muerte de Néstor Kirchner se llevó al interlocutor que buscaba los acercamientos entre ambos dirigentes.
Si bien el kirchnerismo siempre desconfió tanto de la estructura del PJ como de los gobernadores e intendentes, descalificándolos como “pejotismo” y mostró más simpatía por los gremios de la CTA, fue más realista en reconocer la representatividad de una parte de la dirigencia justicialista y de la CGT, más allá del error que mencioné respecto de cómo manejarse “institucionalmente” con ella. Distinto fue el caso de su esposa, quién siempre fue reacia a dialogar con los dirigentes del movimiento sindical e incluso de los movimientos sociales.
Si bien en el 2008 cuando se produjo el enfrentamiento del gobierno de Cristina Kirchner con los productores agropecuarios organizados en la Mesa de Enlace los principales sostenes fueron la CGT, los movimientos sociales, incluso el gremio de camioneros se posicionó en las rutas para detener las caravanas de tractores y que no pudieran avanzar hacia la Capital y los sindicatos hicieron vigilias en la Plaza de Mayo para frenar posibles acciones destituyentes, la inmensa oleada de simpatía que se produjo a raíz de la muerte de su esposo en 2010, la convenció de la posibilidad de impulsar un espacio propio, apoyado en los sectores medios y que no dependiera de la base histórica sindical del peronismo, su abrumadora victoria en las elecciones de 2011 y la aparición de algunos grupos juveniles, sumado a acciones como la Ley de matrimonio igualitario y la Ley de medios contribuyeron a ese objetivo junto a su particular rechazo hacia los dirigentes sindicales menos “progresistas”.
El conflicto con Hugo Moyano, a la sazón Secretario general de la CGT fue escalando, pocos días antes de las elecciones de 2011, Moyano le reclamó al gobierno “mayor fidelidad con la doctrina de Juan Perón” y a las pocas horas la presidenta le reclamó “lealtad con los intereses de los argentinos, no sólo con Perón”, la CGT no fue invitada a los festejos por el triunfo electoral y la reelección de Cristina Kirchner.
Un año más tarde, el 20 de noviembre de 2012 comenzó un enfrentamiento a raíz del reclamo de un sector del sindicalismo de eliminar la cuarta categoría del impuesto a las ganancias. Un mes antes, el 3 de octubre de 2012, se produjo una ruptura en la CGT y un importante número de gremios, los más grandes, se retiraron y conformaron una CGT paralela, eligiendo a Antonio Caló como secretario general, buscando generar un diálogo con el gobierno que evitara la espiralización del conflicto.
Pasaba que varios sectores (camioneros, petroleros, bancarios) que tenían altos salarios veían neutralizar sus aumentos por los descuentos que sufrían a raíz de este impuesto, tanto que preferían no recibir aumentos pues con cada incremento no sólo les retenían más dinero, sino que ingresaban al tributo más cantidad de trabajadores.
Este conflicto derivó en cinco paros generales, el 10 de abril de 2014 se llevó a cabo otro, que se agravó ante la devaluación del peso en un 19% lo que incrementó la inflación y el deterioro del salario, el tercero en agosto del mismo año se dio en medio de una inflación que ya se calculaba por encima del 30% para el período y fue agravando el enfrentamiento, tanto que las dos últimas medidas de la CGT conducida por Moyano a los que se sumó la CTA se llevaron a cabo en 2015 año en que se celebraron elecciones presidenciales.
La CGT recién se reunificó en 2016, el 25 de agosto, cuando el avance neoliberal del gobierno de Mauricio Macri obligó a superar las viejas diferencias y cuestionamientos a fin de enfrentar las políticas antiobreras y antisindicales que se pretendían implementar, Macri había llegado al gobierno derrotando a Daniel Scioli, candidato del peronismo elegido por Cristina Kirchner para sucederle al no poder modificar la Constitución nacional y poder ir por un tercer mandato.
La unidad se logró en base a la elección, nuevamente, de un triunvirato que expresara los sectores mayoritarios del movimiento obrero, Héctor Daer (ATSA) propuesto por el sector de gremios más importantes cuantitativamente denominado “Los Gordos” ( en referencia al volumen de los sindicatos, no de sus dirigentes) y los Independientes, Carlos Acuña (SEOESG y PE) del sector vinculado a Luis Barrionuevo y Juan Carlos Schmid (CATT) sector liderado por Hugo Moyano y el 7 de abril de 2017 fue el primer paro general contra las políticas de ese gobierno, fueron 5 en esos cuatro años, que en su segunda mitad, se caracterizó por el crecimiento exponencial del endeudamiento del país, la fuga de capitales y la inflación creciente, sumado a varios intentos de reforma laboral buscando un nuevo ajuste de la economía basado en la reducción “de los costos laborales” a través de contratos precarios, debilitamiento de la fuerza del sindicalismo y pérdida creciente del poder adquisitivo de salarios y jubilaciones.
El fin del gobierno de Macri y la asunción del Frente de Todos, cuyo candidato a presidente fue Alberto Fernández, acompañado por Cristina Kirchner como vicepresidenta coincidieron con la aparición del flagelo planetario que fue la epidemia del Covid 19, que provocó una crisis gigantesca de la economía mundial al detenerse toda actividad durante el año 2020 y reiniciarse lentamente y en forma parcial durante 2021.
Esto trajo dos cuestiones que definirían los años siguientes, en lo local el gasto público se disparó en forma exponencial, el país estaba endeudado y carecía de acceso al crédito internacional, por ende la compra de insumos y vacunas, así como el auxilio a las empresas paralizadas, abonando gran parte de los salarios, así como el auxilio a los trabajadores precarios que por su condición, al quedar sometido al aislamiento domiciliario, perdieron toda posibilidad de tener ingresos, debió hacerse incrementando seriamente la emisión monetaria, lo cual ante la caída de la recaudación como resultado de la inactividad económica, se transformó en una bomba de tiempo.
Pero, casi imperceptiblemente, se produjo un cambio en la economía mundial, la globalización y la deslocalización de empresa así como la fragmentación de los procesos manufactureros por el mundo buscando minimizar costos, al quedar parado el funcionamiento del transporte aéreo, marítimo y fluvial, dejó a la vista la fragilidad que generaba en las empresas ante imprevistos como éste por lo que comenzó, a partir de mediados de 2021, un proceso de relocalización, más cercana geográficamente de las centrales a fin de asegurar la provisión de partes e insumos en los procesos productivos
Si bien el gobierno argentino logró una negociación con el FMI, principal acreedor de la Argentina, que le permitió prorrogar vencimientos y superar el ahogo que habría producido tener que disponer de las pocas divisas existentes para el pago de los mismos, era evidente que debía implementar una política que asegurara una recuperación de la actividad económica, una reactivación productiva que recuperara el empleo, al mismo tiempo debía ir sacando de la plaza el excedente monetario para acotar el déficit fiscal y las posibilidades de una inflación que impidiera lo primero.
Lo que se desató fue una feroz interna entre el presidente y su vice, cuyos partidarios no sólo pretendieron rechazar el acuerdo logrado con el FMI sino bloquear toda política de ajuste, la falta de iniciativa y decisión de Alberto Fernández paralizó al gobierno, ocasionó la salida de los ministros de Economía, Martín Guzmán y de Producción Matías Kulfas, comenzaron las corridas cambiarias e inflacionarias. Buscando recuperar la iniciativa asumió en Economía, la tercera pata del acuerdo que dio lugar al Frente de Todos, Sergio Massa.
La CGT convocó a una marcha, el 17 de octubre de 2021, reclamando el fin del enfrentamiento entre los sectores de la vicepresidenta y el gobierno, que un día antes en un acto en la Plaza de Mayo habían atacado ferozmente al presidente. El 17 de agosto de 2022, marchó nuevamente, esta vez hacia el Congreso de la Nación, contra las subas de precios y reclamando además que se corrija el rumbo económico, reclamando el fin de los enfrentamientos internos y advirtiendo de la gravedad de la situación, pero fue inútil.
En estas condiciones se llegó a las elecciones de 2023, el oficialismo llevó como candidato a Sergio Massa, Ministro de economía, ante el disgusto notorio de Cristina Kirchner que había lanzado otra fórmula presidencial que tuvo que ser retirada, una inflación creciente, una devaluación al día siguiente de haber obtenido una victoria sorpresiva en la primera vuelta de las elecciones generales en el mes de octubre y un hartazgo generalizado que conllevó que un 23% de la población no fuera a votar, Javier Milei obtuvo la victoria y lo demás es historia reciente.
Movimiento Obrero,
situación y perspectivas
En los capítulos precedentes he intentado aportar una opinión sobre el devenir del movimiento obrero en los últimos años, no hacer una historia sino reflexionar sobre ciertos momentos, ciertos actores y hechos que han sido muy comentados en los últimos años, quedan para el debate, no es más que un aporte a ello, pero no quiero terminar sin hacer mi propia reflexión sobre cuestiones que no pueden faltar en una agenda de futuro de la CGT.
1) Trabajo Informal, blanqueo y planes sociales
Los últimos informes del Indec en esta materia, más allá de la credibilidad que nos merezca el Indec o algunos de sus informes son terribles en esta materia, más allá de que puedan variar un poco según quién haga el trabajo lo cierto es que no se puede no poner el tema en el tapete, estamos hablando de 42% de trabajo informal, dentro de esto si hablamos de 43,4 en mujeres debemos correr el velo del doble empleo, la mujer que trabaja en su casa y afuera hace de remisera, tareas de cuidado, limpieza de casas etc., en los hombres alcanza el 40,9%, pero si tomamos a los jóvenes alcanza el 58,7 %, es decir 6 de cada 10 pibes trabajan en negro. En el grupo de los llamados trabajadores “independientes” alcanza el 62,4%, pero dentro de los asalariados la informalidad alcanza el 36,1% un drama para la seguridad social y el sistema de previsión social, que obliga a que el 50% de los mayores de 65 años trabajen “en negro” a fin de complementar las jubilaciones de hambre. No es un error ni una casualidad, es el modelo de país que sostuvo la dictadura y continuó con Alfonsín, Menem, De la Rúa, Macri y Milei y no se atrevieron a encarar Néstor y Cristina Kirchner y menos Alberto Fernández.
Sentarse a trabajar con los representantes de cientos de empresas textiles, calzado, etc., que hoy fabrican bienes que luego son vendidos por las marcas más famosas previo ponerle sus nombres y marcas, o los imitan (La Salada, los manteros, etc.) para ver no como empezar a cobrarles impuestos sino a cómo ayudarlos para que se sostengan, crezcan y se afiancen.
Hacer lo propio con los miles de trabajadores “independientes” para hacer lo mismo, es falso que los choferes de Uber, Cabify, Rappi, Glovo, no tengan “empleador” sí, que lo tienen no macaneen más con el algoritmo, Uber, todos los fines de año hace una fiesta en un hotel céntrico para premiar a sus mejores choferes, ¿quién paga el alquiler del hotel, el catering y los regalos, el algoritmo?, pero cuando se habla de ellos se habla que aporten a la jubilación, que aporten al sindicato, a la obra social, como ellos dicen “¡Sólo se acuerdan de nosotros para sacarnos plata!”.
En el marco de un Consejo Económico Social, que es estratégico e imprescindible crear, hay que discutir cómo ir incorporando a los trabajadores que hoy subsisten gracias a los planes sociales al mundo del trabajo, reducir los impuestos a los empresarios que los tomen, mantenerles el plan como parte del salario, trabajar conjuntamente con el sindicato del sector en la formación y capacitación permanente a fin de superar las carencias de conocimientos frente a las nuevas tecnologías.
2) Creación del Consejo Económico Social, por ley, donde el Estado, sindicato y cámaras empresarias discutan y promuevan normas y acciones en materia de Crecimiento, Producción y Empleo, entre ellas muchas a generar para avanzar en el punto anterior, con sanciones impositivas o de personería a las entidades que se nieguen a participar u obstaculicen los debates o conclusiones. Cada sector (metalúrgico, mecánico, textil, transporte, empleados públicos, bancario, construcción, etc.) deben debatir las políticas estatales de promoción y defensa de nuestras industrias , la incorporación de tecnología, y el empleo.
3) Recuperación de la representación del movimiento obrero en los espacios de decisión política, Diputados, Senadores, legislaturas provinciales y municipales. Su notoria ausencia en estos últimos años ha provocado que en el debate de las leyes sobre economía, sindicalismo, derechos sociales y/o sindicales se hagan sin escuchar su opinión, su voz.
4) Fortalecer la sindicalización y la participación de los trabajadores, especialmente los jóvenes y las mujeres, a fin de ampliar las visiones y formas de resolver los problemas y asegurar el necesario transvasamiento.
Obviamente que esto no agota la agenda de discusión y de trabajo, pero pondría al movimiento obrero a la vanguardia del reclamo de rumbos para un futuro gobierno de carácter popular que prioricen las cuestiones que hoy preocupan a las grandes mayorías del pueblo argentino y comencemos a resolverlos de verdad, en forma colectiva, con la participación real y activa de todos los actores, seguramente de hacerse, se abrirán las agendas a las demandas que aún no visualizamos y a las que surgirán en esa marcha.
* Abogado. Secretario de Coordinación de Profesionales UPCN Seccional Trabajadores Públicos Nacionales y del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires