Proyectos Nacionales y modelos ideológicos en Latinoamérica el caso del Peronismo en la Argentina
INTRODUCCIÓN
Latinoamérica constituye un mundo cultural formado por una diversidad de naciones que, con matices distintos, responden a una idéntica matriz histórica, idiomática y religiosa. Sin embargo, desde el surgimiento de esas mismas naciones en su fase independiente y durante los procesos de organización como Estados modernos, sus clases dirigentes se dividieron irreconciliablemente provocando enfrentamientos civiles que prolongaron las penurias de las guerras por la independencia durante gran parte del siglo XIX y dejaron heridas difíciles de cerrar. Si bien no se produjo de la misma manera en todos los casos, el cuadro general de Latinoamérica presentará el mismo drama del desencuentro de gran parte de sus clases dirigentes con la realidad sociopolítica y las necesidades e intereses de sus pueblos. Esto llevó a los aludidos enfrentamientos, y las jóvenes repúblicas no lograron construir proyectos nacionales viables y sostenidos en el tiempo. Por el contrario, aquellos sectores que se erigieron en dirigencias políticas e intelectuales, interpretaron a sus sociedades desde cánones creados por ideólogos extranjeros.
Serán las intelligentzias que denunciará Arturo Jauretche, refiriendo a los intelectuales que, por la colonización pedagógica, sirven a los intereses imperialistas repitiendo visiones distorsionadas de las realidades nacionales para perpetuar la dependencia de sus países.
Con respecto al caso argentino, Jauretche dirá: “He tratado de señalar esa constante de la intelligentzia argentina que le ha impedido cumplir una función útil al país (…) por su actitud simiesca y su incapacidad de creación que principia por el desconocimiento de los factores propios en juego.” (Jauretche, 1997 p. 19).
Esto conducirá a más de un equívoco con respecto a la identidad hispanoamericana y a la dificultad endémica para construir modelos propios desde los cuales proyectar sus países. Para comprender desde dónde analizaremos estos fenómenos políticos en América Latina y la Argentina, es necesario definir modelo y proyecto. Héctor Mandrioni lo hace de la siguiente manera:
“…el Modelo encierra el “exemplar” o “ideal” de sociedad. De este modo, el Modelo dice relación a la inteligencia que concibe y juzga con referencia a fines y bienes. El Proyecto, en cambio, se refiere a los medios concretos de realización práctica de aquellos fines y bienes inscritos en el Modelo. El Proyecto tiende un puente determinado entre la idealidad del modelo y la disponibilidad de una materia social”. (Mandrioni, 1986, p. 16)
El drama latinoamericano, decíamos, consiste precisamente en que los modelos no reflejaron la imagen ideal desde inteligencias propias, sino desde inteligencias anegadas por ideologías foráneas; las intelligentzias de Jauretche. Los modelos en los que ellas idealizaron a Hispanoamérica, efectivamente, fueron ideológicos. De raíz liberal en el siglo XIX; marxista o neoliberal en el siglo XX y lo que va del XXI. El pensador uruguayo Alberto Methol Ferré plantea al respecto:
“Un aspecto distintivo de las generaciones posteriores al ciclo de las independencias nacionales fueron justamente sus modelos ideales inferidos desde fuera del continente: desde Inglaterra, Estados Unidos, Francia. Como área periférica, a América Latina le costaba trabajo pensar en sí misma desde dentro. Adoptaba, más o menos conscientemente, algunos modelos civilizadores que terminaban por destruir las bases históricas de los propios pueblos, tratados como bárbaros; las razas indígenas, el mestizaje, la herencia española, la Iglesia Católica, todo entremezclado.” (Methol Ferré, 2006, pp. 47-48).
Sin embargo, así como sucede con la naturaleza, que cuando se la somete y manipula, invariablemente su fuerza pugna por surgir, así también durante el siglo XX en las repúblicas latinoamericanas fueron surgiendo modelos autóctonos -el pensamiento nacional en Argentina- y consecuentemente movimientos políticos que sostuvieron proyectos nacionales. Indudablemente tuvieron que enfrentar a los defensores de los mencionados modelos ideológicos. Éstos se constituyeron en implacables enemigos que aprovecharon las debilidades de aquellos incipientes intentos de proyectar a las naciones para reinstalar regímenes que sirvieran mejor a sus intereses. Desde ya, éstos contaron siempre con el beneplácito de las potencias imperialistas de turno, cuando no con su abierta colaboración. Trataremos, pues, de trazar a continuación un cotejo entre los proyectos nacionales en América Latina y sus siempre opuestos modelos ideológicos.
PUEBLO Y SOLIDARIDAD DE CLASES VS. ELITISMO Y CLASISMO
Los proyectos nacionales siempre son populares porque sin el concurso del pueblo no se puede proyectar una Nación. Cuando hablamos de pueblo no nos estamos refiriendo sólo a ciertos sectores, sino a un conjunto integrado de personas que se interrelacionan y reconocen una misma raíz histórico-cultural. San Agustín hablaba de comunidad concorde de personas que aman las mismas cosas. Esta visión es inclusiva y apela al principio de solidaridad, según el cual, para lograr el bien común, se debe operar una sólida unión, interdependencia y cooperación entre los diferentes sectores y actores sociales. Como dice el Papa Juan Pablo II:
“Ante todo se trata de la interdependencia, percibida como sistema determinante de relaciones en el mundo actual, (…) y asumida como categoría moral. Cuando la interdependencia es reconocida así, su correspondiente respuesta, como actitud moral y social, y como “virtud”, es la solidaridad. Esta (…) es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos” (Juan Pablo II, Solicitudo Rei Socialis, N° 38).
La solidaridad de clases está en la base de todo Proyecto Nacional en Latinoamérica. Methol Ferré habla de movimientos nacional-populares para designar precisamente a estos fenómenos políticos surgidos en el continente. Estos últimos no tienen una teoría de la vanguardia revolucionaria del proletariado y del partido revolucionario sino la visión de una sociedad que lucha por industrializarse, y que, como consecuencia, busca una alianza de clases y sectores sociales diferentes: los campesinos, el incipiente proletariado, sectores de clase media en formación, y la burguesía industrial nacional emprendedora. Todo esto confluía en los partidos nacional-populares, encarnados por el APRA de Haya de la Torre en Perú, por Vargas en Brasil, por el PRI de Cárdenas en México, por el Justicialismo de Perón en la Argentina. Esto revela el por qué “ha sido muy difícil calificar a estos partidos y movimientos utilizando los términos ideológicos convencionales, esto es, decir que eran de derechas o de izquierdas.” (Methol Ferré, 2006, pp.23). Durante el siglo XX “la Acción Democrática (AD) en Venezuela, el Partido de Liberación Nacional (PLN) en Costa Rica, el APRA en Perú [el Getulismo en Brasil] y el Peronismo en Argentina tendieron la mano a una mayor variedad de grupos sociales”. (Bethell, 1997, p. 31).
Desde ya, en el contexto socio-histórico de la región, esto implicará la ampliación de la participación política y de los derechos sociales a un amplio conglomerado de sectores bajos, siempre postergados en los regímenes pseudo-democráticos de los modelos ideológicos. La solidaridad de clases se convierte en Latinoamérica en justicia social y ampliación de la base democrática, como así también, en la participación orgánica de los sectores gremiales en la política. En Argentina, a partir de 1945 surge el peronismo como un movimiento popular que ensaya un proyecto nacional. Este fenómeno político constituye el comienzo de un proceso de ampliación democrática y de reconocimiento de derechos sociales sin precedentes. El historiador de la cultura Víctor Frankl2 afirma que a partir de 1945 “la Argentina pasó de ser uno de los países más atrasados con respecto a la problemática de la seguridad social a ser uno de los más avanzados.” (Chávez, 1999, p.47).
En efecto, el reconocimiento y la promoción de los derechos sociales constituyeron la condición sine qua non para lograr la integración de todos los sectores en una comunidad organizada. Esta expresión, tan cara al acerbo doctrinal de Juan Domingo Perón, quiere expresar precisamente la solidaridad coordinada de las clases y grupos sociales organizados para alcanzar, en la armonía entre lo social y lo individual, el bien común (Perón, 2007, pp. 51-52). Desde su instalación en el poder en la primera presidencia, Perón lanzó una política internacional tendiente a lograr lo que se llamó la Tercera Posición. Ésta, haciéndose eco de lo planteado doctrinalmente en la Encíclica Quadragesimo Anno de Pío XI, proponía una solución novedosa a la disyuntiva de los dos imperialismos en pugna en la Guerra Fría, el Capitalismo demo-liberal liderado por EE. UU, y el Colectivismo Marxista, promovido por la URSS. Ya el Aprismo de Haya de la Torre había cantado: “Ni con Washignton ni con Moscú, sólo el Aprismo salvará al Perú”.
Pero el peronismo, más allá de la política internacional en la coyuntura bipolar del momento, convertirá esta tercera vía en una auténtica doctrina inspirada en la enseñanza social católica. Las raíces escolásticas e iusnaturalistas del pensamiento hispanoamericano, aun cuando también se reconozca algún injerto moderno, propiciarán la permeabilidad a esta influencia de la Iglesia y su visión diametralmente distinta a la antropología y cosmovisión marxista y liberal, pero también a la fascista. Por ello, es lógico que el corporativismo social cristiano inspirado en las encíclicas papales, y no el corporativismo estadolátrico mussoliniano, sea la base de la visión doctrinal y las realizaciones del peronismo. “El viejo anhelo de la sociedad humana, -decía Perón en 1951- en la cual todos estén representados, tanto en el cuerpo legislativo, como en las autoridades, por gente de su propio estamento.” (Chaves, 1999, p. 73). Ese mismo año, el Territorio Nacional del Chaco se convertía en Provincia Presidente Perón, y su organización constitucional preveía la participación de los estamentos profesionales en el parlamento provincial, que era constituido entonces por una mitad de miembros elegidos por el voto directo y otra por los representantes de los grupos sociales organizados. En todo ello, el ya citado Víctor Frankl ve la influencia de las encíclicas sociales:
“Es precisamente el punto de vista de Quadragesimo Anno, que estando solamente emparentado en forma aparente con los conceptos fascistas, desea la renovación de las corporaciones profesionales, pero con el objetivo de que se cumplan sus funciones sociales gremiales propias, en una forma autónoma e independiente del estado.” (Chaves, 1999, p. 73).
“…esto implicará la ampliación de la participación política y de los derechos sociales a un amplio conglomerado de sectores bajos, siempre postergados en los regímenes pseudo-democráticos de los modelos ideológicos. La solidaridad de clases se convierte en Latinoamérica en justicia social y ampliación de la base democrática, como así también, en la participación orgánica de los sectores gremiales en la política.”
El propio Perón en su discurso ante la Asamblea Legislativa el 1° de mayo de 1974 dirá que existe una “cabal coincidencia entre la concepción de la Iglesia, nuestra visión del mundo y nuestro planteo de la justicia social”. Esto no es comprendido por los miembros de las intellingentzias vernáculas tanto desde las derechas elitistas como desde las izquierdas clasistas. Los de derecha se atrincherarán en sus privilegios, interpretando esas políticas de inclusión y solidaridad como meras prácticas demagógicas, como vicios de democracias enfermas de populismo o, incluso, de corporativismo. Apropósito, dice Luis Buján:
“Es la categorización que utiliza Gino Germani en ´Política y sociedad en una época de transición´; Bs. As.; Paidós; 1972. Esta interpretación puede asimilarse también a las que consideran al peronismo como fascismo totalitario y que el apoyo de las masas es un paso hacia la modernización de la sociedad. El populismo constituirá un tipo de movimiento social y político aberrante (…). En la visión de Germani esto sería una anomalía porque los obreros no fueron capaces de consolidar una organización autónoma y una ideología de clase por lo que el peronismo de las clases obreras había sido una actitud irracional, una ruptura patológica del pasado.” (Buján, 2002, p. 31).
El elitismo de estos sectores de clases medias y altas, más o menos consciente, más o menos disimulado, se traducirá en un odio que no les permitirá ver más allá de sus intereses. Los de izquierda, partiendo de los mismos sectores sociales, anegarán su capacidad de comprensión de lo auténticamente popular con ideologismos tan extraños a nuestra realidad como los de las derechas. La lucha de clases será su desde dónde mirar todo acontecimiento histórico – político – social en Latinoamérica. No admitirán entonces ningún ensayo de alianza de clases para proyectar nuestras naciones. Dichas experiencias serán tildadas de contradictorias, cuando no se unirán a los coros liberales con la misma cantinela de demagogias, populismos y corporativismos. El ya citado Methol Ferré, haciendo una crítica a la obra de Jorge Castañeda, La utopía desarmada. Intrigas, dilemas y promesas de la izquierda en América Latina, plantea acera de la incomprensión de los intelectuales de izquierda sobre los movimientos latinoamericanos que llevaron a cabo proyectos nacionales:
El uso que hace del término populistas; no llega a definir bien el fenómeno; me parece inducido desde afuera. Yo prefiero la expresión nacional-popular. (…) Considero un deber intelectual acuñar los términos desde dentro de la misma historia de América Latina. (…) Populismo es una palabra acuñada en el mundo europeo (…). Es por eso que afirmo que los detractores de los movimientos nacional-populares le quitan lo esencial: la palabra nacional. Y le dan una connotación populista con sentido despectivo. La expresión nacional-popular utilizada por Methol nos resulta apropiada para referir a los proyectos nacionales a los que venimos aludiendo.” (Methol Ferre, 2006, pp. 25-26).
El párrafo citado deja claro el pecado de los intelectuales de izquierda, que no es otro que la utilización de cánones extraños para el análisis de nuestras realidades; lo que lleva al desconocimiento del ingrediente nacional que distingue a los movimientos nacional - populares latinoamericanos. Conjugando la lógica lo que venimos expresando con las ideas de Methol Ferré, lo esencial de esos movimientos no radica en un populismo demagógico, sino en la capacidad de lograr la solidaridad de amplios sectores sociales en pos de la defensa de lo nacional.
REALIDAD Y CULTURA LATINOAMERICANA VS. EXTRANJERIZACIÓN IDEOLÓGICA
Los movimientos que sostuvieron proyectos nacionales en América Latina serán la oportunidad de replantear la propia identidad desde cada matiz regional, pero sin olvidar la unidad subyacente de un núcleo de identidad cultural de la Patria Grande que llevará a la solidaridad entre las naciones hispanoamericanas. La primera autoconciencia propiamente americana surgió de la mano del criollismo en el siglo XVII. Esta autorreferencial conciencia de las elites criollas se irá desarrollando a lo largo de los siglos y trasmutará en identidad hispanoamericana en donde lo criollo se fusionará con lo mestizo y lo aborigen, creando así un marco cultural original y propio. En algunas regiones el componente africano le dará un sabor característico y distintivo, pero sin desgajarse del único tronco del ethos3 latinoamericano. No debemos olvidar tampoco el corazón religioso cristiano de esa identidad cultural, ya que no se comprendería su fundamento axiológico sin la referencia a la evangelización de América Latina. Sin embargo, estas realidades culturales a menudo han tenido que avanzar como verdaderos ríos subterráneos sepultados por las imposiciones de las clases dirigentes ideologizadas. Éstas, con el objetivo de trasplantar la civilización que sólo veían en Europa o en la América Europea (EE. UU.), pretendieron sofocar dichas realidades culturales tildándolas de barbarie. Tanto los portavoces de las derechas elitistas como de las izquierdas clasistas, en el fondo han estado de acuerdo en el diagnóstico negativo con respecto a la realidad cultural latinoamericana. Sus inteligencias fueron colonizadas y por eso los modelos ideológicos siempre fueron extranjerizantes. Su embelesamiento por las naciones civilizadas unos, revolucionarias, los otros, los ha convertido en negadores crónicos de las visiones adecuadas a las realidades nacionales. La cultura, los libros, las ideas serán artículos exclusivos de las elites privilegiadas o de las vanguardias revolucionarias. Pero será siempre una cultura prestada, unos libros importados y unas ideas ajenas las que indigestarán sus mentes. La realidad de los pueblos, sus necesidades e intereses estarán siempre postergados y en el cono de sombra de lo intrascendente, porque no vale la pena conocer lo que no se ama. Ya lo había dicho el gran poeta y patriota cubano José Martí:
A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas. El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma de gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país. Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza.” (Martí, 1891.).
Durante la década de 1930, en el marco del resquebrajamiento de la hegemonía liberal en la Argentina, irán surgiendo distintas corrientes de pensamiento que confluirán en el denominado pensamiento nacional. Como hemos expresado, este fenómeno significará la posibilidad de pensar la realidad desde un modelo propio. El primer peronismo significará a un tiempo la posibilidad de concretar ese modelo propio a través de un proyecto nacional, pero también la escisión de la sociedad argentina entre sus partidarios y los antiperonistas. Una vez más la división frustraba la posibilidad de un “modelo argentino para un proyecto nacional”. Los sectores ideológicos de marras habían hecho su aporte de confusión para ahondar esa división. De forma magistral, Arturo Jauretche dirá al respecto en 1959:
“Todo es posible en la confusión de lenguas de esta Babel deliberadamente creada. ¡Y todos hemos entrado alguna vez por el aro de la confusión! ¡Pero si entró Perón que era vivo, y entró la Iglesia que es sabia! Entró Perón que, habiendo ascendido al poder por la nucleación (sic) vertical de lo argentino en 1944, lo olvidó para dividir horizontalmente la sociedad argentina. Porque esa nucleación vertical que comprendía sectores de catolicismo, de la burguesía y del ejército, asentados sobre la ancha base de los trabajadores, era precisamente lo nacional: la recíproca correspondencia de la inteligencia y los intereses argentinos que saben que es previo e inseparable de todo avance del país, la realización común de lo nacional.” (Jauretche, 2007, p.34).
Efectivamente, la confusión de la que habla Jauretche tiene que ver con la capacidad de los sectores ideológicos para malograr todo intento de construir en base a los intereses nacionales; pero también esa confusión responde a las debilidades intrínsecas de los proyectos que no supieron terminar de cuajar en la realidad lo que estaba claro en el plano del pensamiento. Las malsanas divisiones que afectaron a los pueblos hispanoamericanos responden ciertamente a estas causas.
INTERESES NACIONALES VS. DEPENDENCIA
Todo esto implica una disyuntiva bien concreta. Los intereses nacionales de las repúblicas latinoamericanas o se defienden o se traicionan. Los proyectos nacionales necesariamente se erigirán en defensores de unos intereses que serán vitales para la soberanía de los estados que pretenden proyectar. Los recursos naturales, los servicios públicos, los resortes de la economía al servicio o no de un proyecto nacional hacen la diferencia entre una nación soberana y una colonia. Lo que veníamos analizando con respecto a la cultura latinoamericana podría analizarse como una superestructura cultural, siempre y cuando se comprenda como factor interrelacionado y no como mero producto socioeconómico. Es decir, lo cultural no depende de lo económico, pero ambos aspectos se encuentran íntimamente relacionados. En un proyecto nacional se pondrá la economía al servicio de dicho proyecto para lograr así la solidaridad social y el bien común. Los modelos ideológicos, en cambio, siempre se pusieron al servicio de una estructura económica dependiente de poderosos intereses que se encuentran fuera de Latinoamérica. Ello explica por qué sus figurones estarán continuamente defendiendo, en las tribunas políticas, periodísticas o académicas, a esos intereses en lugar de los de las naciones a las que pertenecen. Ello explica por qué los regímenes que sostuvieron a esos modelos ideológicos siempre terminaron socavando las posibilidades de un desarrollo socio-económico autónomo en las repúblicas hispanoamericanas.
Getulio Vargas, uno de los pioneros de los movimientos que intentaron proyectar sus países desde un modelo propio, dejó en su Carta Testamento del 24 de agosto de 1954, estas sentencias:
“Luego de décadas de dominio y de expoliación de los grupos económicos y financieros internacionales, me hice jefe de una revolución y vencí. Comencé el trabajo de liberación y establecí el régimen de la libertad social. Tuve que renunciar. Puse el Gobierno en los brazos del pueblo. La campaña subterránea de los grupos internacionales se alió a los grupos nacionales sublevados contra el régimen de garantía del trabajo. La ley de lucros extraordinarios fue detenida en el Congreso. Contra la justicia de la revisión del salario mínimo se desencadenaron los odios. Quise lograr la libertad nacional con la potenciación de nuestras riquezas a través de Petrobras, cuando comienza a funcionar mal, la ola de disturbios se acrecienta. La creación de Electrobras fue obstaculizada hasta la locura. No quieren que el trabajador sea libre. No quieren que el pueblo sea independiente.” (Carta Testamento de Getulio Vargas. FaHCE UNLP. Carpetas docentes.)
Raúl Scalabrini Ortiz en un mordaz artículo publicado en 1957, titulado La evolución del hombre reconoce un pasado gorila y un futuro industrial, planteaba la defensa de los intereses nacionales en términos en los que identificaba independencia política con independencia económica. En dicho artículo, comienza a relatar una anécdota de su niñez en la que, al estudiar con su padre paleontólogo la línea del desarrollo del hombre en la cual “la lógica positivista daba a las etapas sucesivas de la humanidad una continuidad evolutiva simple, clara e irrefutable” con la superación de la edad de piedra por la de bronce y luego ésta por la edad de hierro, planteaba el siguiente dialogo con su padre:
“La capacidad industrial del hombre era el metro patrón con que se medía el ascenso de la humanidad en la escala zoológica. Entonces, con esa maravillosa exactitud con que los niños plantean los problemas esenciales, yo le preguntaba a mi padre: Nosotros, los argentinos, ¿tenemos fundiciones de hierro? Con evidente desconcierto mi padre movía negativamente la cabeza. Yo insistía: ¿Tenemos fundiciones de cobre? Mi padre repetía su gesto negativo. (…) Y al enterarme que aparte de criar vacas y cultivar cereales, nada sabíamos hacer, (…) con esa innata tendencia burlesca que arrastro conmigo desde que nací preguntaba: ¿Entonces aquí estamos todavía en la época de los gorilas?” (Scalabrini Ortiz, 2006, p. 222).
El artículo seguía con los implacables razonamientos de Scalabrini utilizando la lógica del positivismo evolucionista, en el sentido de que el desarrollo industrial señala el grado evolutivo de los pueblos y que toda independencia política que no se asiente en la independencia económica es sólo ficción de independencia “en que no puede existir nada parecido a la libertad”. Ahora bien, la independencia económica, a la sazón una de las banderas del peronismo, sólo la alcanza el pueblo que puede esgrimir “la primera y fundamental libertad” que es poder “desenvolver su capacidad industriosa y creadora”. Y en cuidada prosa concluye:
“Los pueblos que se dejan confundir y encandilar con palabras y conceptos que no resumen con toda precisión los intereses nacionales, remedan la torpe obcecación del toro que atropella el paño rojo detrás del cual está oculta la punta de la espada del matador.” (Scalabrini Ortiz, 2006, p. 223).
Tal obcecación taurina demuestra los modelos ideológicos con sus recetas económicas. Esas recetas económicas liberales o neoliberales ensayadas una y otra vez, que hundieron a los países latinoamericanos cada vez más en el abismo de la dependencia. Así como en el relato mítico de Sísifo que remonta una enorme piedra hasta la cima para verla caer, una y otra vez; los economistas de los modelos ideológicos hicieron remontar pesadas cargas en las espaldas de sus pueblos, viendo repetidas veces cómo se desmoronaban sus planes, dejando a sus naciones cada vez más sumidas en la miseria y la dependencia. En el caso argentino los planes de Prebisch, Krieger Vasena, Rodrigo, Martínez de Hoz, Cavallo, son sólo botones de muestra. Lo más terrible de la tragedia será que sus defensores pondrán las causas de tantos fracasos, no en la perversidad de esos planes, ni en los intereses que sirvieron, sino en las supuestas falencias y vicios propios de los pueblos subdesarrollados. Latinoamérica sería para estos la culpable de su propia explotación colonial. En parte tienen razón, porque ellos mismos abrieron las puertas del continente a los imperialismos de turno, como idiotas útiles o por motivos inconfesables.
UNIDAD LATINOAMERICANA VS. PATRIOTERISMO PROVINCIANO DE LAS ELITES
Los hombres del pensamiento nacional, que han sido los precursores de los proyectos nacionales en Hispanoamérica, han puesto el acento en la unidad latinoamericana como condición sine qua non para el desarrollo económico de nuestros pueblos. Intelectuales como el mexicano José Vasconcelos y el argentino Manuel Ugarte fueron los primeros que desde su pluma alertaron sobre la necesidad de la unión a principios del siglo XX. Éste último planteaba el contraste entre la América anglosajona y Latinoamérica. La primera constituyendo una nación única, frente al desmigajamiento de los latinos, fraccionados en veinte naciones.” (Gullo, 2012, p. 30). Indudablemente, esta fragmentación de la América Latina fue alentada por el entonces imperialismo británico para poder reemplazar así a las viejas metrópolis; como también es indudable que las elites latinoamericanas instauradoras de los modelos ideológicos en sus respectivos países resultantes de esa fragmentación, hicieron el juego a los intereses del nuevo amo. Así se multiplicaron los conflictos entre naciones hermanas, provocados a efectos de un patrioterismo provinciano de las clases dirigentes y rechazados por los pueblos que los sufrían. Víctor Raúl Haya de la Torre, el creador del Aprismo peruano, primer experiencia política que intentó un proyecto nacional latinoamericano en el siglo XX, decía el 29 de junio de 1925 en una Asamblea Antiimperialista en Paris que reunió, entre otros, a Miguel de Unamuno, José Vasconcelos, Manuel Ugarte y Eduardo Ortega y Gasset:
“Unos de los más importantes planes del Imperialismo es mantener nuestra América dividida. América Latina, unida, federada, formaría uno de los más poderosos países del mundo, y sería vista como un peligro (…) Consecuentemente, el plan más simple (…) es dividirnos. Los mejores instrumentos para esta labor son las oligarquías criollas y la palabra mágica para realizarla es la palabra “patria”. Patria chica y patriotismo chico, en América Latina, son las Celestinas del Imperialismo”. (Gullo, 2012, p. 31).
Pero será el gobierno justicialista desde Argentina el que irá primero uniendo a través de tratados bilaterales a las naciones latinoamericanas, y luego lanzará el ABC que proponía la unidad de Argentina, Brasil y Chile como la base de la unidad de toda Latinoamérica. Perón entendía que era la única manera de realizar a los pueblos del continente y sustraerse eficazmente de los dictados de las potencias imperialistas como lo sostenía la Tercera Posición. En tal sentido, en 1954 frente a una reunión de estudiantes de toda Latinoamérica Perón expresaba:
“…la mejor defensa está, precisamente, en nuestra unión, y en nuestra unidad. Por eso he afirmado, en muchas ocasiones, que el año 2000 nos encontrará unidos o dominados. Cuando se analizan desde el punto de vista geopolítico nuestros países, ninguno está preparado para ser un gran país del futuro, porque todos carecen de unidad económica. Ni Brasil tiene unidad económica, ni Argentina tiene unidad económica, no la tienen tampoco Chile, Perú, Bolivia, Colombia ni Venezuela; ninguno de estos países tiene, por sí, unidad económica suficiente como para garantizar su porvenir, pero unidos representamos la unidad económica más formidable que pueda existir. Entonces, señores, yo preguntaría, desde el punto de vista político internacional, ¿qué estamos esperando para realizar lo que hace más de cien años ya nos estaban indicando San Martín y Bolívar?”
La reacción de los defensores de los modelos ideológicos no se hizo esperar; y la eficaz diplomacia imperialista hizo lo propio. Carlos Piñeiro Iñiguez dirá acerca de la relación entre Perón y Vargas:
“…estos líderes nunca se conocieron personalmente. No porque Perón no lo hubiera deseado y solicitado fervientemente, o porque a Vargas no le hubiera interesado encontrarse con el nuevo hombre fuerte de la Argentina, sino porque la oposición norteamericana –trasmitida a través de su canciller y amigo Oswaldo Aranha- hizo desistir a Vargas del encuentro.” (Piñeiro Iñíguez, 2013, p. 402).
En aquel aciago 1954 se suicidaba finalmente Getulio Vargas agobiado por las presiones exteriores y de los propios factores de poder brasileños que combatían sin cuartel sus políticas. Un año más tarde caía en Argentina el propio Perón por la llamada Revolución Libertadora, cuya política internacional será diametralmente distinta a la del período anterior, ya que alentará hipótesis de conflicto con las naciones vecinas y se alineará económica y políticamente con los EE. UU. Los modelos ideológicos abortarán una vez más la posibilidad de proyectar a las naciones latinoamericanas.
CONCLUSIÓN
El cuadro que hemos trazado acerca de las características de los proyectos nacionales en Latinoamérica en comparación con los modelos ideológicos, nos muestra que la implantación de éstos frustró la realización de aquellos mediante colonizaciones culturales, golpes militares y hasta guerras fratricidas. Sin embargo los movimientos que llevaron a cabo esos intentos de proyectar a las naciones hispanoamericanas, basados en la solidaridad de clases, la unidad con las repúblicas hermanas, la justicia social y el desarrollo económico independiente, resurgirán una y otra vez de sus cenizas.
Las intelligentzias desde sus torres de ideas importadas nunca han podido comprender a esos movimientos. Los cánones usuales con los que se comprende a la política europea o norteamericana no han servido de mucho para encasillarlos, y ello ha frustrado a los intelectuales vernáculos. Por eso los han combatido con furia, ya sea desde la izquierda, como desde la derecha. El caso argentino resulta paradigmático. Pocos fenómenos políticos han sido tan exhaustivamente estudiados como el movimiento peronista. Y, sin embargo, el peronismo sigue resultando indigerible para muchos intelectuales que se empeñan en comprenderlo desde conceptos “inducidos desde fuera”, al decir de Methol Ferré. Sin embargo, a lo largo de estas pocas páginas hemos tratado de diseñar un esquema de análisis satisfactorio para entender este fenómeno en el marco de lo que han sido los movimientos que llevaron a cabo proyectos nacionales en Hispanoamérica.
El peronismo en la Argentina se entiende entonces como un movimiento nacional – popular, que ha batallado por proyectar al país en unidad con las demás repúblicas latinoamericanas, desde un modelo propio; esto es, con una comunidad organizada y solidaria, con justicia social, que defienda los intereses y la soberanía nacional. Inclusive, hemos tratado de entender los factores endógenos y exógenos que dejaron inconclusa la obra del peronismo en particular, y de los movimientos nacionales en general.
En este sentido hemos criticado las bases de los análisis ideológicos de derechas e izquierdas que conciben el fracaso de los proyectos nacionales generalmente imputándoles sus aciertos y no señalando sus verdaderas debilidades. Entendemos que esas debilidades tienen que ver, además del excesivo personalismo, con no haber profundizado en un auténtico modelo propiamente latinoamericano de solidaridad y justicia social, cuya única esperanza de realización es la unidad política y económica de Latinoamérica. La comparación establecida entre proyectos nacionales y modelos ideológicos planteada podría parecer que peca de estereotipada. Sin embargo, la realidad de los pueblos hispanoamericanos está a la vista.
Los intelectuales defensores de los modelos implementados en el continente y en la República Argentina han dejado públicamente testimonio de su apego a lo extranjero y su desprecio por lo nacional y latinoamericano. Basta para advertirlo desembarazarse de los propios velos ideológicos inculcados mediante años de colonialismo pedagógico y cultural. Basta también con señalar a quienes estuvieron detrás de cada golpe de estado en el continente, con los resultados catastróficos que estos han dejado para Latinoamérica; y señalar quiénes fueron perseguidos en cada uno de ellos.
Los tótems de derechas e izquierdas pocas veces han mezclado su sangre con la de los pueblos que sí sufrieron los embates de los verdugos. Se necesita, en fin, tener claro quién es quién en la historia de la Patria Grande para no repetir errores y que las naciones latinoamericanas puedan proyectarse respondiendo a la vocación de destino común
Referencias* Licenciado en Historia, Director de la carrera de Historia del Instituto Superior del Profesorado A. M. Sáenz. Docente universitario y secundario.
1 Utilizamos las denominaciones Latinoamérica y América Latina porque son las formas más reconocidas para designar al conjunto de repúblicas surgidas en las revoluciones emancipadoras del siglo XIX que arrancarán de manos de los reyes de España y Portugal esta parte del Globo (P. E. Conferencia Episcopal Latinoamericana; Comunidad de Estados Latinoamericanos y caribeños, etc.). Sin embargo, se nos antoja más apropiada la designación Hispanoamérica, ya que aquí no derivamos del Lacio ni hablamos latín, sino idiomas surgidos en la península llamada Hispania por los romanos. Si Latinoamérica designa a pueblos que hablan lenguas derivadas del latín, deberíamos incluir a los canadienses francoparlantes, lo cual parece ser absurdo. Sabiendo los matices ideológicos y las raíces históricas por los cuales se utiliza una u otra forma, nos inclinamos pues, haciendo las salvedades pertinentes, por utilizar alternativamente Latinoamérica, América Latina e Hispanoamérica.
2 No debe confundirse al historiador de la cultura Víctor Frankl, con el psicólogo creador de la Logoterapia, Viktor Frankl. Frankl, Víctor. El Peronismo y las Encíclicas Sociales, en Chávez, Fermín. El peronismo visto por Víctor Frankl.
3 Núcleo de la identidad cultural de un pueblo fundamentado en valores (axiología) y creencias (cosmovisión).
Bethell, L. (1997). Historia de América Latina. Tomo 12, Política y sociedad desde 1930. Barcelona, Critica.
Buján, L. O. (2002). El Peronismo en la Historia Nacional. Buenos Aires, Cuadernos del Sáenz.
Frankl, Víctor. El Peronismo y las Encíclicas Sociales, en Chávez, F. (1999). El peronismo visto por Víctor Frankl. Buenos Aires, Theoría.
Gullo, Marcelo. “La Necesidad de un nuevo revisionismo histórico”. En La otra historia. El revisionismo nacional, popular y federalista. Buenos Aires, Ariel, 2012. Cap. 1.
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