Compañeras y compañeros, seguimos fortaleciendo y mejorando, entre todos, este instrumento, nuestra revista Escenarios, que cada tres meses nos llama a reflexionar sobre distintas cuestiones, fechas emblemáticas del movimiento obrero, políticas públicas concretas, evaluación de acciones y propuestas para dotar de mayor eficacia y eficiencia al Estado, siempre a partir del trabajo y el esfuerzo colectivo.
En este número vamos a estar dedicados a repensar y recuperar el sentido más profundo, de una fecha icónica para el pueblo argentino en general y para el movimiento sindical en especial, nos referimos a los 80 años del Día de la Lealtad, el 17 de Octubre de 1945, el octogésimo aniversario del momento que aparece en la historia argentina un nuevo protagonista, que lo sigue siendo en nuestros días, el Movimiento Sindical Argentino, que además sale a la calle para obtener la libertad de su líder, el Coronel Juan Domingo Perón, nace, asimismo en esa fecha el justicialismo, como expresión mayoritaria de los anhelos y esperanzas del pueblo argentino.
Pero vayamos por partes, decimos que se visibiliza como protagonista principal de nuestra historia el Movimiento Sindical ¿Significa esto que antes no existía el sindicalismo?
De ninguna manera, existían expresiones organizativas de actividades artesanales, en principio, como los zapateros, carreros y los tipógrafos, que, en 1877, constituyen una organización y protagonizan la primera huelga de la historia argentina, más tarde con la llegada de los capitales ingleses van surgiendo otras actividades, de servicios la mayor parte, en los ferrocarriles, el comercio, arriban junto con las oleadas de inmigrantes las ideas de libertad del viejo mundo, traídas por alemanes, italianos y españoles.
También llegaron las ideas socialistas que predominan en los centros urbanos y disputan la filiación con los anarquistas, estos últimos logran afirmarse en algunas localidades del interior como en los obrajes del Chaco y Santa Fe y entre la peonada de las haciendas de las Patagonia.
Durante muchos años estos sectores, y a partir de la segunda mitad del siglo XX, los comunistas, intentaron infructuosamente construir centrales sindicales que reunieran en su seno a las organizaciones que iban apareciendo. Es que, portadores de ideas nacidas al calor de la realidad europea, trasladaron aquí sus ideales y sus enfrentamientos, fue un continuo de crear entidades, sectorizadas por adhesión política, los anarquistas por su lado, los socialistas por el suyo y luego los comunistas. Era tal la influencia de la migración que muchas tenían sectores internos por país de origen, publicaban folletería en sus idiomas natales y conmemoraban fechas de luchas en sus países de procedencia.
A partir de 1930, la crisis mundial del capitalismo comenzó a expresarse también en nuestra tierra, empiezan a escasear las manufacturas importadas, que, hasta ese entonces, abastecían las necesidades del consumo interno, recordemos, por ejemplo, que hasta las famosas “bombachas” que desplazan al chiripá en el criollo, son piezas que llegan luego de la guerra de Crimea, traídas por los comerciantes británicos que las habían copiado de los turcos. Comienzan a aparecer fábricas que producen los bienes que dejan de llegar y si bien al principio no tenían muchos trabajadores, aparece esta nueva figura, el trabajador fabril, en el horizonte político.
En la segunda parte de la llamada Década Infame esto crece exponencialmente, empiezan a aparecer establecimientos de hasta 100 y 500 trabajadores, pero con el estallido de la segunda guerra mundial esto cobra un vigor inusitado.
Las plantas fabriles de Gran Bretaña y de los países embarcados en la contienda bélica se vuelcan por entero a la producción militar, por ende, se corta casi por completo la llegada de productos industriales, la economía local comienza a transformarse, con Pinedo como Ministro de Economía aparecen las juntas reguladoras de la actividad agropecuaria y el impuesto a los réditos (hoy impuesto a las ganancias).
Pero esto, además coincide con un proceso nuevo de migración, la inmigración interna, centenares de argentinos, de las diferentes provincias comienzan a trasladarse a las urbes, abandonando el trabajo rural, estacional y mal pago, en busca de mejores condiciones, incluso muchas jóvenes que hasta ese momento solo obtenían empleo como domésticas en las casas de familia, acuden a buscar empleo en las nuevas plantas manufactureras. Por si eso fuera poco se produjo, además en el campo una fuerte sequía, con lo cual la caída de la actividad dejó desempleados a muchos trabajadores rurales.
Esto cambió radicalmente la composición de la clase trabajadora argentina, los provincianos desconocían las ideas o las luchas de los trabajadores europeos, hasta poco tiempo antes sus padres o abuelos habían peleado en las luchas civiles, hasta cincuenta años antes la indiada llegaba a las puertas de los pueblos, se sentían argentinos, no soñaban con volver a otro país, no venían a “hacer la América”, se encontraron dos historias, dos pasados y dos presentes, el futuro sería diferente para todos.
Juan Perón era parte de una generación militar que estaba convencida de que la guerra moderna era “nacional”, o sea que la libraba el conjunto del pueblo y la Nación, ya no eran asuntos “militares”, en su carrera había visto el atraso y la miseria de la patria, comprobaban cada año el efecto de la desnutrición en los jóvenes que eran revisados para el servicio militar, él en persona había vivido la situación del hombre y la mujer en el campo, la Argentina tenía que industrializarse y con ello, además, mejorar sustancialmente las condiciones de vida de su pueblo, sin ello no había soberanía posible.
El encuentro de estos dos procesos llevó al Coronel Perón, el oficial más lúcido de esa generación a encontrar a ese nuevo protagonista de la vida nacional, la clase trabajadora, aún en proceso de organización, había surgido una nueva corriente, autodenominada “sindicalista” que ponía por sobre todo las lucha por las condiciones de trabajo, el salario, superando las diferencias por pertenencia partidaria que habían fragmentado a las organizaciones sindicales hasta ese momento.
Perón encontró una dirigencia nueva, con un alto sentido de patria, que buscaba mejorar y hacer crecer las organizaciones y esa dirigencia encontró en él, por ese entonces Secretario del Departamento del Trabajo, luego Secretaría de Trabajo y Previsión Social, a un hombre sencillo, campechano, pero con una inusitada capacidad para comprender los reclamos y aspiraciones y saber cómo encarrilarlas, con el aumento de las plantas fabriles, en número y en tamaño, aumentaban la cantidad de trabajadores industriales, aumentaba el nivel de sindicalización y la fuerza de sus organizaciones y eso redundaba en nuevas conquistas, impensadas un par de años antes.
En esos días, que conmoverían la historia argentina, se produjo otro encuentro. El 15 de enero de 1944 un violento terremoto destruyó la ciudad de San Juan y provocó más de 10.000 muertos, el país se conmovió y la solidaridad se hizo movilización popular. A uno de esos eventos, realizado en el Luna Park asiste el Coronel Perón y conoce a una joven y de ese encuentro surgió un amor que se transformó en una fuerza incontenible, ella le dijo “Si como usted dice, la causa del pueblo es su propia causa, por muy lejos que haya que ir en el sacrificio no dejaré de estar a su lado hasta desfallecer” y cumplió hasta el sacrificio, su nombre era María Eva Duarte pero desde ese momento fue Evita y su compromiso, amor y fidelidad a la causa del pueblo merecerán un lugar eterno en el alma de sus descamisados.
Evita encarnó la idea de la Justicia Social, socorriendo a los más necesitados y reivindicando el rol de la mujer en la historia, de la mano del Partido Peronista Femenino y del derecho al voto, trabajó día y noche para acercar la ayuda inmediata a los que no podían esperar y enfrentó con un coraje absoluto el odio de la oligarquía, sufriendo incluso la agresión física callejera cuando Perón fue detenido, amó hasta agotar sus fuerzas y fue la figura vital en esos momentos de gestación del peronismo.
La reacción de la oligarquía no se hizo esperar, creyó que, destituyendo, arrestando y encerrando en la isla Martín García a Perón se terminaba todo, se equivocaba, estaba por empezar una nueva historia.
Hasta aquí, una breve, incompleta, historia del proceso histórico que desembocó en el 17 de octubre de 1945, el día que, al decir de la sabiduría popular, “La clase trabajadora se puso los pantalones largos”, recordemos que en aquella Argentina “ponerse los pantalones largos” significaba alcanzar la adultez, la mayoría de edad, y era eso en verdad lo que se corporizó en ese día.
De ahí en más el 17 de octubre fue la fecha en que los trabajadores se encontraban con Perón en la Plaza de Mayo para ratificar su lealtad con su líder y con la Revolución Justicialista, de la que nació la idea del ascenso social como resultado del trabajo, de los derechos sociales, del acceso real a la educación y a la salud con carácter universal, la que pudo superar la lucha de clases a partir del diálogo social y del rol del Estado que garantizaba la debida armonía entre los intereses, hablamos de armonía y no de equilibrio porque este último es siempre inestable, como se demostró a partir de 1955, la armonía consiste en lograr que, como en la música, sonidos diferentes se conjuguen en una sola melodía, fue y es el aporte de la Argentina y el Justicialismo a la humanidad, y no exageramos.
Con Perón en la patria y en la presidencia fueron días de fiesta y de reflexión, Perón no sólo los usaba para recordar la fecha sino para reflexionar sobre la realidad presente en cada 17 y el pueblo lo escuchaba y luego, al día siguiente, en el barrio, la unidad básica o el sindicato se hacía la interpretación colectiva, en común del mensaje del Líder.
A partir del 16 de setiembre de 1955, fueron días de lucha, proscripto el justicialismo, Perón (al que ni siquiera podía nombrarse), los símbolos peronistas, robado el cuerpo de Eva Perón, convirtió el 17 de octubre de cada año en un grito de rebeldía ya fuera con gobiernos militares o civiles semi fraudulentos, ya que habían sido elegidos en elecciones donde el peronismo estaba impedido de participar, y cuando pudo hacerlo, en 1962, en la Provincia de Buenos Aires, las ganó holgadamente, obligando al gobierno a anularlas, con su sacrificio de muertos, heridos y represión.
Es que debemos profundizar en el sentido más profundo del 17 de octubre, los historiadores académicos y los periodistas venales suelen repetir que el pueblo se movilizaba entre 1945-1955, porque lo obligaban los sindicalistas, porque no tenía conciencia o simplemente para defender las “prebendas demagógicas” del peronismo y luego o bien ocultan las luchas y el compromiso inclaudicable de los trabajadores o simplemente lo descalifican como “hechos violentos” o falta de respeto a gobiernos democráticos, invisibilizando la proscripción descripta.
Pero tampoco han faltado, los pensadores “progresistas” o de izquierda, que ya no se atreven a agraviar y/o estigmatizar a los trabajadores argentinos como lo hicieron sus antecesores en 1945 cuando lo calificaron de “hordas de desclasados “ o “lumpenaje de los bajos fondos protegido por la Policía”, pero que insistieron e insisten que carecían de verdadera “conciencia de clase” que “la mayoría de las conquistas ya existían antes, sólo que no se cumplían”, desconociendo que el verdadero carácter revolucionario no anida tanto en aquél que imagina o escribe una norma que reconoce derechos, como en la decisión y voluntad de cambio del que la transforma en una realidad palpable.
El peronismo ha sido, es y será, el más alto nivel de conciencia nacional y de clase de los trabajadores argentinos, porque ellos saben lo que los intelectuales de la colonia ocultan, su destino, sus sueños y anhelos, su visión del futuro como trabajadores es inescindible del destino soberano e independiente de la patria, en los países coloniales y semicoloniales el “internacionalismo” es la herramienta de los países dominantes para dividir y enfrentar a los pueblos sometidos.
En la actualidad las cosas están, quizás, más claras que nunca, la restauración conservadora oligárquica expresada en el gobierno de Milei lleva a cabo el proyecto más ambicioso y profundo de destruir al movimiento obrero argentino para destruir con él la posibilidad de una Argentina con desarrollo, producción y trabajo, con autonomía y soberanía sobre sus recursos, con dignidad e independencia ante el mundo, con un modelo industrial e inclusivo, con aumento y redistribución de la riqueza nacional.
Por eso la lucha por atenuar la pérdida del poder adquisitivo del salario, evitar los despidos, incluye también pelear para
detener los cierres de fábricas, la destrucción de la producción local por la apertura importadora indiscriminada, enfrentar el saqueo de nuestros recursos o la entrega lisa y llana del territorio nacional.
Esto fue intentado tibiamente en el decenio 1955-1973, fue encarado salvajemente por la dictadura criminal iniciada en 1976, que fracasó en alcanzar sus objetivos de destrucción de la Argentina industrial pero logró quebrar el sentido de comunidad, a partir del individualismo y el sálvese quien pueda, por eso el 70% de los muertos y desaparecidos en esos años infames fueron delegados, dirigentes y activistas sindicales, sabían y saben que mientras exista un modelo sindical y una Confederación General del Trabajo vivos, sigue viva también la memoria que es posible una patria mejor, un país digno, un pueblo con esperanzas y solidario.
El fracaso de todas las fuerzas políticas llamadas a gobernar en la democracia recuperada en 1983, fue generando la desazón, la bronca, la desesperanza, hubo un aviso en diciembre de 2001, pareció que había una recuperación del sentido en la política, pero quedó claro que “con la democracia no se curaba, no se comía ni se educaba”, una clase política soberbia, alejada de las necesidades y problemas de su pueblo, que desoyó todos los mensajes del movimiento obrero, de la iglesia argentina, especialmente de quien fuera el inolvidable Papa Francisco, cuando aún era arzobispo de Buenos Aires, de los movimientos sociales, nos condujo a este terrible presente.
Es lamentable la falta de autocrítica, la exigencia al pueblo y al movimiento sindical de lanzarse a una lucha frontal y suicida para deponer a un gobierno que, mal que nos pese, ganó en elecciones limpias y, lo que es peor llegó a ese lugar por los desatinos de los que, lo único que esperan es que el fracaso, seguro, de sus políticas, haga olvidar a los votantes todo lo anterior y puedan regresar a sus cargos y prebendas.
La lucha es difícil y desigual, los trabajadores organizados somos el sector a borrar del mapa por los ideólogos de este gobierno, el modelo al empobrecimiento que proponen, antes íbamos a ser Alemania o Irlanda, camino al subdesarrollo, implica un 70% de precariedad, empleos temporarios o autoempleo (Rappi, etc.), sin convenios colectivos, sindicatos o salario mínimo, vital y móvil, sin indemnizaciones por despido ni vacaciones sin seguridad social ni jubilaciones dignas, una concentración de la riqueza brutal en el 1% de la población, el saqueo de todos los recursos (alimentos, agua, minerales) en un esquema globalizador salvaje que, encima, llega tarde, ya que es contra lo que se levantan muchas naciones en un mundo multipolar que está redefiniendo el futuro.
Por eso, en estos tiempos el 17 de octubre vuelve a ser un mito simbólico, fundante de una nueva comunidad, de una construcción de hombres y mujeres que estamos dispuestos a luchar por recuperar una tierra de promisión, con justicia distributiva y con el trabajo, no como sacrificio, sino como vocación de transformación del individuo y su grupo, como instrumento de integración social, de pertenencia, de identidad, con dignidad y Justicia Social, porque seguimos convencidos de que “Donde hay una necesidad, existe un derecho” ahí anida el sentido mismo del 17 de octubre del 1945 y por el resto de nuestra historia.
Un fuerte abrazo para todas y todos.
La Dirección