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Movimiento obrero organizado y democracia

 28/07/2022   161
Movimiento obrero organizado y democracia

horas de la conmemoración del 40° aniversario de la histórica movilización “Pan, Paz y Trabajo”, encabezada por el querido compañero Saúl Ubaldini y que reconocemos como el principio del fin de la dictadura genocida que azotó nuestro país desde 1976 a 1983, nos parece oportuno reflexionar sobre el rol del movimiento obrero organizado en las democracias modernas y los desafíos que lo interpelan de cara al futuro. 

Repasando la historia, los sindicatos -bajo el formato que identificamos en la actualidad comienzan a desarrollarse como respuesta natural a los cambios sociales, económicos y políticos derivados de la Revolución Industrial. Del mismo modo lo hicieron la mayoría de los institutos modernos del derecho del trabajo. Queda claro que el sindicalismo y los derechos laborales se han entrelazado en una relación virtuosa y dinamizadora del trabajo humano. 

Las tensiones, muchas veces dramáticas, entre capital y trabajo e inherentes al sistema de producción capitalista fueron condición necesaria para que trabajadoras y trabajadores se organizaran alrededor de intereses comunes y avanzaran en la búsqueda y conquista de mejores condiciones de trabajo.

Excede el objeto del presente analizar su evolución histórica, pero no está de más recordar que hace apenas poco más de 200 años las democracias liberales europeas prohibían la conformación de asociaciones de trabajadores1 . Sin embargo, como la gota de agua que horada la piedra, los sindicatos se fueron abriendo paso y para la segunda mitad del siglo XIX la mayoría de los estados europeos toleraba primero y reconocía después la sindicación. 

El siglo XX será finalmente el tiempo histórico de mayor desarrollo de las organizaciones de trabajadoras y trabajadores, a partir de la primera posguerra pero con especial relevancia a nivel global luego de la segunda guerra mundial, obteniendo inclusive reconocimiento en muchos textos constitucionales. 

No imaginamos en la actualidad un estado democrático moderno en el que no se reconozca a los sindicatos como instrumentos indispensables del mismo. 

En nuestro país, el desarrollo sindical, de origen esencialmente europeo por las oleadas inmigratorias, tuvo una etapa primigenia de convivencia de tendencias anarquistas, socialistas y revolucionarias que pujaron por la consolidación de una hegemonía en la conducción a través de una única central obrera, pero que frente a cada logro de unidad (FOA, FORA, UGT, CORA, USA, CGT) fue seguido de sucesivas divisiones2 . 

La prevalencia de los sectores anarquistas más duros por sobre los socialistas más conciliadores, generaron el rechazo al proyecto de Código del Trabajo de Joaquín B. González, Ministro de Julio A. Roca de 1904 y solo se aprobaron leyes laborales parciales, producto de iniciativas socialistas, como la Ley 11.729 durante las primeras tres décadas del siglo XX. 

Fue recién con el advenimiento del peronismo en la década de 1940, más precisamente a partir de la asonada militar del 4 de junio de 1943, que se produjo el cambio en ese escenario fragmentario del movimiento obrero organizado y consecuentemente de la legislación laboral.
 
En función de aquel fenómeno histórico nos preguntamos: ¿es posible limitar el análisis del rol de los sindicatos en ese estado democrático novedoso nacido al calor del 17 de octubre de 1945 al clásico de “asociaciones privadas creadas por la unión voluntaria de trabajadores para el mejoramiento y defensa de sus respectivos intereses?” 

La respuesta, sin que implique renegar de ese rol tradicional, es definitivamente NO. Aquellos sindicatos estructurados alrededor de la figura de Juan Domingo Perón adoptaron al Partido Laborista para constituir el frente electoral que lo lleva a la presidencia en 1946, partido que luego sería disuelto con la conformación del más amplio Partido Peronista en 1947. 

Es evidente que ello no hubiese sido posible sin una clara referencia e identificación de las demandas del movimiento obrero con las políticas impulsadas por Perón, pero también lo es que, a diferencia de lo ocurrido en otras latitudes en las que también se dieron durante el siglo XX avances significativos en materia de derechos laborales, a partir del peronismo el sindicalismo argentino adquirió protagonismo y participación central en la política general que casi 80 años después, con sus idas y vueltas, sus más y sus menos, continúa vigente. 

Sin embargo, este siglo XXI, testigo de acelerados cambios en los procesos productivos en general y caracterizado por el avance y expansión de la digitalización, la robótica, la inteligencia artificial y el control de la información a nivel global, nos obliga a repensar el rol que está llamado a ocupar el sindicalismo argentino. 

Enmarcados en un contexto global de creciente desigualdad distributiva, una mirada humanística de estos desafíos debería imponer respuestas sensatas y sensibles por parte de los responsables políticos pero, a pesar de ello, y como señala Fredes Castro, la creciente desconfianza ciudadana en las instituciones democráticas propicia un consenso autoritario a favor de las tecnosoluciones, hábiles para prometer reparaciones desde la “neutralidad técnica”, cuando en realidad nos hunden en la ideología del tecnoeficientismo 3. 

 Se agrega una coyuntura sindical argentina atravesada nuevamente (¿cuándo no?) por tensiones y fragmentaciones internas que distraen las fuerzas del movimiento obrero organizado de sus objetivos estratégicos. 



Adicionalmente, el sindicalismo argentino afronta enormes dificultades para proponer una agenda positiva que permita resolver las problemáticas de trabajadoras y trabajadores de un país con niveles de informalidad alarmantes, en el que gran parte de los trabajadores formales son pobres y en el que además ha emergido y consolidado en la escena política un nuevo actor: los movimientos sociales. 

Este escenario local se inserta, además, en un mundo cada vez más desigual que empieza a buscar en “las derechas” las soluciones que, invisibilizando sus intereses reales y los efectos deshumanizantes, dice aportar la dictadura de la big data y los algoritmos. Tal vez sea momento de pensar en fortalecer ese rol multidimensional que ostenta el sindicalismo argentino a partir del peronismo y que le asigna responsabilidades más allá del modelo clásico europeo. 

Para hacerlo, creemos necesario definir cuáles serán los acuerdos colectivos estructurales desde el seno mismo del sindicalismo y que trascenderán de las disputas y tensiones actuales y futuras. 

Sólo así será posible trabajar sobre una agenda positiva y con el protagonismo que trabajadoras y trabajadores necesitan. Ése es el desafío.


1 Puede citarse como ejemplo la Ley Le Chapelier del 14 de junio de 1791 (art. 4°), el Código Penal francés de 1810 (art.415.8) y en Inglaterra Ley General sobre coaliciones de 1800. 
2 Dawid, Darío “Sindicatos y Partidos Políticos. Aspectos históricos de una relación compleja, y una aproximación al caso peronista (1945-1974). RiHumSo UNLaM (2016)
3 Castro, Fredes Luis; “Sindicalismo, democracia y humanidad” (2019)


Oscar Cuartango y Raúl Ferrara*
* Oscar Cuartango es Abogado laboralista y fue Ministro de Trabajo de la Provincia de Buenos Aires (2007-2015) y Jefe de Gabinete de Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social del Nación (2002). 
* Raúl Ferrara es Abogado laboralista y Subgerente de Relaciones Institucionales de la SRT y fue Consultor de la Organización Internacional del Trabajo (2017) y relator de la Comisión de Trabajo de la Honorable Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires (2020-2021).
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