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IBEORAMERICA O PANAMERICA.

 28/09/2018   12
El nacionalismo, plasmado de las naciones europeas durante el siglo XIX, al compás del desarrollo del capitalismo, ha dado paso a otro nacionalismo. Un nacionalismo que rechaza las agresiones del nacionalismo imperial. Es el nacionalismo de los pueblos coloniales. Un nacionalismo que nace de los pueblos y sus tradiciones enterradas por la oligarquías ajenadas a Europa. Sólo se construye la nación sobre el pasado. EEUU supo cimentar su poderío afianzando, no rehusando el pretérito. A diferencia de Iberoamérica cuyas oligarquías de la tierra renegaron de todo lo nativo, Jefferson impuso en Virginia la enseñanza del antiguo sajón a fin de conservar las tradiciones idiomáticas y culturales que EEUU había heredado de Inglaterra. En nuestros países acaeció lo contrario. Las oligarquías vencedoras borraron el pasado del pueblo, hablaron en francés y traficaron en inglés. Hasta se avergonzaron del idioma español, y si no lo extirparon fue porque el pueblo se mantuvo impenetrable al extranjerismo de la clase dirigente. Extranjerismo cultural que es el revés sin brillo de la entrega material. En las oligarquías coloniales la clase está antes que la patria. Por eso, la respuesta es un nacionalismo apasionado frente a la falta de patriotismo y el odio al pueblo de esas oligarquías sin adherencia al suelo.

¿Qué significa un nacionalismo apasionado? "Nada grande se ha cumplido jamás sin pasión". Hegel. Y esta fe nacionalista es hija de la expatriación de la oligarquía, de la despersonalización cultural, y del retorno a la comunidad histórica indesmembrable del pueblo nacional. Este nacionalismo tiende a destruir los mitos creados por el imperialismo y acatados por las oligarquías. Uno de estos mitos, creados en EEUU, es el "panamericanismo". El panamericanismo ha sido un instrumento de la supremacía del Norte sobre el Sur. Ha sonado la hora de cambiar ese "panamericanismo" por el iberoamericanismo. La idea de la comunidad iberoamericana como resistencia cultural a EEUU está designada para cumplir un papel destacado en la unidad política de nuestros pueblos frente al poder anglosajón. Esto augura la articulación, desde Méjico a la Argentina, de la Confederación Iberoamericana de Naciones. Separados no tenemos poder. Unidos, como lo fuimos en nuestros orígenes, seremos la nación de un próximo futuro continental y mundial. Nacionalismo iberoamericano que será logrado a través de la insurgencia ya iniciada en nuestros días. Ahí están Cuba, Chile, Perú, Méjico, la Argentina de Perón, en condiciones de confederarse bajo la presión extranjera que alimenta la conciencia histórica de un pasado y un porvenir común de grandeza en la unidad y unidad en la grandeza. De Méjico partirá la corriente unificadora con el rescate de los países dispersos de la América Central, y por vecindad geográfica, también se integrarán Colombia, Venezuela, Ecuador, lo que fue la Gran Colombia, también destrozada por EEUU e Inglaterra durante el siglo XIX, tragedia que aún pesa sobre Iberoamérica. Brasil no es ajeno a nuestro destino compartido. El imperialismo, sin duda, aportará su última carta al divisionismo, probablemente a través del Brasil. Pero Brasil no es el grupo militar que hoy gobierna. Brasil incuba la revolución. Iberoamérica, incluido el Brasil, cuyo idioma es casi el nuestro, reúne los requisitos de una verdadera nación. El imperialismo lo sabe. Iberoamérica es una cultura única, aunque fraccionada, cuyas notas definitorias pueden resumirse en la gran masa terrestre y oceánica de sus países deslindados por fronteras ideológicas y lesivas a todos y cada uno de estos pueblos, que tarde o temprano -sin perder sus características secundarias-, reconstruirán la fusión geográfica, económica y política de sus partes, entrelazadas por vías de comunicación terrestres, marítimas y aéreas que miren hacia adentro y no sólo a ultramar, es decir, hacia nosotros mismos como gran mercado interno de consumo. Por encima de aquelllas diferencias regionales accesorias, un mismo perfil identifica a Iberoamérica, mezcla de las fascinantes culturas indígenas precolombinas y de España y Portugal. Parecidas costumbres, similar folklore, un arte sorprendente que nos diferencia de todas las culturas universales otorgan a Iberoamérica una homogeneidad, tal vez la más unitaria del mundo, a lo cual se asocia la comunidad lingüística, que no existe ni en África, ni en Asia, ni en Europa. Esta personalidad vive en los pueblos, en el pensar y sentir colectivos. Todos intuimos una superhermandad entre mejicanos, colombianos, peruanos, chilenos, argentinos, cubanos, uruguayos, paraguayos. Y es este parentesco, el que por encima de ultrajes culturales nos hace sentirnos extraños a Europa. Por esto hablamos de esta cualidad iberoamericana como de un componente aglutinante de nuestra liberación continental. EEUU y Europa se oponen a esta unidad. Empero, el colonialismo nos aferra al sentimiento de una cultura afín que es el embrión de la voluntad histórica de edificar la Patria Grande. EEUU y Europa no han conseguido aniquilar, a pesar de ciento cincuenta años de colonialismo, este parentesco cultural. Duro es el camino a recorrer. Y más dura aún la caparazón europea que hay que quebrar. Empero, esta conciencia iberoamericana avanza. Hace más de un siglo y medio en sus "Lecciones sobre la Historia Universal", un hombre de genio, J.G.F. Hegel, lo auguró: "Por consiguiente América es el país del porvenir. En tiempos futuros se mostrará su importancia histórica. Acaso en la lucha entre América del Norte y América del Sur(...) América debe apartarse del suelo en que hasta hoy se ha desarrollado la historia universal. Lo que hasta ahora acontece allí no es más que el eco del viejo mundo y el reflejo de ajena vida."
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